Los moradores

Ilustración © Erika Arias. 

Al inmueble se llega en bote desde que el peso de un camión tiró abajo el puente entero, pero ese es un inconveniente que parece no importarle al municipio, que ni siquiera ha recogido los restos de la estructura que, junto con el camión y el cadáver del chofer, se siguen hundiendo en la laguna que cruzamos para llegar.

Desembarcamos en un muelle frente al inmueble en silencio porque a los moradores les fastidian los extraños. «Le va a encantar la vista desde el sexto piso», repite una y otra vez el hombrecillo de metro y medio que bienes raíces ha enviado para asesorarme. Caminamos hacia el inmueble, que luce descuidado: tiene la pintura cuarteada y algunas ventanas rotas. El hombrecillo sigue repitiendo que me encantará la vista mientras busca la llave en su maletín; encuentra el manojo poco después, gira la perilla y me cede el paso; sostiene el maletín con ambas manos y sonríe al verme en el interior.

— ¿Que usted no va a entrar?

— Preferiría que tomara un vistazo primero—explica—, y conversemos luego sobre su decisión.

— ¿Cómo se supone que funciona su asesoría?

— No se preocupe: intervendré de ser necesario—dice—. Permítame hacerle una recomendación antes de que empiece su recorrido: no disguste a los moradores.

No entiendo a qué se debe el misterio, pero le concedo la misma displicencia con que decidí buscar apartamento después de divorciarme. El hombrecillo cierra la puerta conmigo dentro del inmueble y lo escucho alejarse. Empiezo a caminar sobre la alfombra del recibidor, llena de polvo al igual que los muebles, y confirmo la vejez del lugar por los chirridos producidos por los movimientos más mínimos.

PRIMER PISO

Aunque algo de luz ingresa por las ventanas, no veo la laguna desde el interior. El polvo, en cambio, me obliga a llevarme el pañuelo a la boca. Toso un poco. Llego a un salón repleto de muebles cubiertos por sábanas llenas de telaraña e intento aguantar la respiración mientras descubro un sofá apolillado, una lámpara vieja y un reloj de péndulo que no marca bien el tiempo. Miro con temor al otro extremo del salón porque me parece haber captado un movimiento con el rabo del ojo.

— ¿Hola?—musito mientras me acerco al bulto que juro haber visto moverse. Regreso el pañuelo a mi bolsillo y extiendo mis brazos sobre la sábana. Doy un brinco en cuanto descubro a una mujer sobre una silla, atada de manos, amordazada y con los ojos vendados. Me acerco con cuidado en cuanto deja de moverse, y le retiro el trapo de la boca.

— ¡¿Cuánto tiempo me tendrán así?!—grita desesperada—. ¿Qué culpa estoy pagando yo?

— ¿Quién te ha hecho esto?—pregunto mientras empiezo a desatarle las manos.

— ¡Detente!—ordena— ¡¿Quién eres tú?!

Parece volver a aferrarse a la soga que le envuelve las muñecas detrás del espaldar de la silla, como si quisiese seguir prisionera.

— ¿Qué caso tiene quién soy? Déjame ayudarte.

— ¡No! ¡No me toques! Tú no debes estar aquí.

— ¿De qué demonios hablas?

— Tú no eres quien ha de liberarme—explica—. Ningún visitante ha de hacerlo.

Me alejo de la mujer y tropiezo con la alfombra. Dirijo la mirada al fondo de la habitación, por donde ingresa más  luz que en este extremo, y descubro a un hombre atado tal como la mujer: grita y sacude su silla. El hombre balbucea, y observo, confundido, cómo el movimiento se apodera de cuanto cubren las sábanas sucias de la habitación. Poco después todos los prisioneros quedan expuestos en medio de sollozos.

— ¡¿Qué demonios es esto?!

— ¡No los toques! ¡No toques a nadie!—exige la mujer—. ¡Tú no perteneces aquí!

— ¿Quién les ha hecho esto?—pregunto aterrado.

— Yo creo más bien que la pregunta que deberías hacerte es: ¿Por qué estás aquí?

— ¿Por qué no me dejas ayudarlos?

— No necesitamos tu compasión. Y no hay nada que puedas hacer por nosotros—continúa—. No tiene caso—explica. — Deja de hacer preguntas y vete de aquí antes de que descubran que eres un visitante.

Los sollozos se tornan en furia: los prisioneros golpean el suelo y mueven sus cabezas con fuerza. A diferencia de la mujer, los otros sí parecen anhelar su libertad.

— Sigue por la derecha en el pasillo y encontrarás la escalera—dice—. Sube antes de que te vuelvas uno de nosotros.

SEGUNDO PISO

A medida que subo los escalones menos luz ingresa por las ventanas. Es la neblina que proviene de la puerta al final del corredor la que me recibe una vez que dejo de escuchar los lamentos de los prisioneros. El bolero se enciende en cuanto pongo un pie en el interior de la habitación, tal como si la fiesta hubiese estado esperándome. Todos charlan entre sí y muchos ríen mientras juntan sus copas. Las luces que penden del techo se mueven al ritmo de la música que el chico de la barra escoge en el tocadiscos. Entretanto, un par de señoritas veinteañeras suben a las mesas cercanas al bar junto al que espero encontrar alguien sobrio que pueda responder mis preguntas.  

— No te había visto por aquí, guapo—dice la mujer de tetas grandes, que se me acerca y me acaricia el cuello.

— Gracias, pero lo último que necesito ahora es conversar con una borracha semidesnuda—respondo.

— Parece que nadie aquí te ha explicado que juzgar no le concierne a ningún visitante…

La mujer alterna los sorbos que le da a su copa con su risa. Todos los demás festejan, y el volumen de la música se eleva solo para estimular más a las bailarinas, que se menean ahora sobre los hombres de traje y algunas mujeres. La música se vuelve eufórica y los tragos se sirven con prisa sobre la barra. Los meseros agilizan la atención a los moradores de este piso que, ahora de pie, bailan y festejan sobre los muebles mientras rompen botellas y se quitan la ropa de a poco. Cuando la luz del lugar se torna azulada las bailarinas se lanzan sobre los hombres también desnudos y les hacen beber a la fuerza: la diversión es evidente al principio, pero las mujeres no dejan lugar para un respiro y la escena se vuelve insoportable; los hombres caen inconscientes, asfixiados y con el alcohol al tope en la sangre. Algunas de las lesbianas que bailan con las putas no resisten y vomitan sobre la pista de baile, sobre la que nadie conserva ya prenda alguna. Lo siguiente que sucede me estremece: el desenfreno se apodera de los moradores y las bailarinas, que se divierten al ver a los hombres caer aturdidos o muertos en medio de las riñas que suceden al cambio de luces.

— ¿No piensas unirte a la fiesta, corazón?

— No pienso quedarme aquí ni un minuto más.

— No te vayas—insiste sujetándome del brazo—. Puedo oler la lujuria en ti, ¿por qué no me dejas sacarla a flote?—me pregunta al oído.

— Me da asco este lugar.

— ¡No! Por favor, no te vayas. No te imaginas la soledad que siento aquí—explica entre lágrimas—. Es la primera vez que converso con alguien sin que la charla termine en el coito. Te lo ruego: no me dejes.

— ¿De qué hablas? No hemos hablado ni dos minutos.

Disipo con las manos el humo del tabaco que antes confundí con neblina y que se concentra en la salida del apartamento. Una vez en la puerta dos tipos corpulentos me toman por los brazos y me lanzan contra el suelo sobre el que hay trago y quién sabe qué regados por doquier. Unos metros a mis espaldas una de las putas gime mientras varios tipos le ponen las manos encima y la ultrajan a vista de todos. Nadie parece tener voluntad para hacer a un lado su apetito e intervenir. La habitación alberga un festín en el que no hay lugar para el respeto o la dignidad, y aunque alguna vez yo también atendí solo a la lujuria, hoy estoy seguro de que este no es un sitio para mí.

Tomo uno de los bancos frente a la barra y golpeo a los tipos que me han tirado al suelo. Intentan agarrarme del pie mientras huyo, pero pateo al más grande y consigo salir. Sigo por el corredor y encuentro las escaleras hacia el próximo piso. Medito por un instante abandonar el inmueble, mas el terror de encontrarme con los prisioneros de la planta baja me detiene de atender a esa opción. Continúo: subo escalones hasta que el humo se extingue por completo y no queda rastro de la fiesta. 

TERCER PISO

El corredor que sobreviene a la escalera tiene un tapiz distinto al de los pisos anteriores: luce elegante y pulcro, y cubre las paredes hasta llegar a una puerta de aldabas con la figura de dos cabras que levanto y golpeó contra la madera antes de entrar. Nadie responde. Empiezo a sospechar que lo único certero en este lugar es que debo continuar si quiero salir del todo.

En el interior de lo que parece ser la antesala de un comedor, el tránsito es intenso: una muchacha lleva bocaditos, otra regresa los platos sucios a la cocina con prisa, y un grupo de hombres carga una bandeja de plata sobre la que se sirven trozos de carne recién cocida; me atrevería a decir término medio por la apariencia jugosa y poco oscura que tiene. Nadie se detiene a cuestionar mi presencia. Los meseros me ignoran mientras entran y salen del salón al que me adentro atraído por el aroma del banquete. Se sirven sobre la mesa platos variados que no distingo y que me limito a observar fingiendo ser uno de los meseros. Si bien la decoración y la vajilla dan testimonio de la opulencia en que viven los moradores de este piso, los modales relativos a la alimentación no parecen  importarles en lo absoluto: toman la carne de las bandejas con las manos, el vino se derrama de las copas por la imprudencia con que se sirve, y las servilletas de encaje no cumplen papel alguno en el evento que reúne a cerca de veinte personas.

— ¿Te enviaron aquí de algún otro piso?—pregunta un hombre con restos de comida en medio de su barba.

— Huí de los otros pisos en realidad—explico con espontaneidad.

— ¡Un visitante!—exclama—. ¡Kendra, escucha esto!

La mujer deja de comer en cuanto me ve. Los alimentos que  acababa de tomar caen de su boca sin el menor respeto por la comida o por los meseros, que hacen las labores de limpieza tan pronto como se ensucia el piso. Una vez delante de mí posa sus manos en mi pecho, sube sus dedos por mi cuello, acaricia mi mandíbula, aprieta mis labios mientras me mira a los ojos y suelta lo que parece ser un gruñido. No puedo negar que es hermosa. Sonríe en cuanto descubre que no me incomoda y que sonrío también.

— Supuse que te gustaría—dice el tipo todavía en su lugar.

— Has supuesto bien—responde ella—. Y sé que a ti también te parece exquisito—continúa.

Sus palabras me confunden, sobre todo porque ya no es sólo Kendra quien sonríe sin quitarme los ojos de encima, sino también su amigo y los comensales, que me descubren de pie junto a la mesa.

— ¿No te gustaría quedarte al festín con nosotros? Tenemos carne fresca.

— No tengo intención siquiera de quedarme dentro del inmueble—respondo—. Tampoco siento que debería estar en este piso.

— Ay, querido, ¿por qué no pruebas un poco del banquete antes de decidir marcharte?

— Yo creo que no eres lo suficientemente persuasiva, Kendra—añade el tipo—. Tal vez yo pueda convencerlo…

Retrocedo en cuanto siento la mano del hombre trepar por mi pierna: ambos disfrutan mi reacción de espanto. Uno de los meseros me quita del camino para dar paso al mismo grupo que vi ingresar hace unos minutos con una bandeja cubierta. La gente deja de comer por un segundo y hace espacio en la mesa para colocar el siguiente plato del menú. Un hombre gordo retira la tapa y exhibe a los comensales lo que han de servirse a continuación. Todo sucede muy rápido: los más próximos al cuerpo humano cocido y puesto sobre la mesa toman los muslos de un solo tirón, Kendra me besa el cuello por detrás y su amigo me agarra del brazo, emocionado por el tamaño de mis músculos. La sensación que sucede al vómito me aturde lo suficiente como para que Kendra consiga abrirme la camisa. Es entonces que los otros descubren mi presencia con la misma expresión con que ella me contempló desde el comienzo: la mirada atenta de una bestia hacia su presa.

Empujo a Kendra con fuerza y corro en dirección a la antesala por donde entré. Los meseros aceleran su ingreso hacia el comedor y Kendra ordena cerrar la puerta. Entretanto, los demás moradores se aproximan a la salida y me veo acorralado por los glotones comensales y sus sirvientes solo hasta que una mesera tira de mi brazo, golpea a un par de hombres con una jarra de cristal y me muestra una salida por la cocina. Tras derribar a los meseros, corremos en medio de las estufas y los restos fragmentados de personas y animales que se fríen en los sartenes. Miro hacia atrás de reojo justo antes de salir y veo a la mesera que me ha ayudado a escapar lanzar un cerillo hacia una de las hornillas. Basta un segundo para que la cocina entera se prenda en llamas quemando a comensales y meseros mientras soy disparado al pasillo del exterior por la explosión. A salvo, me incorporo y resuelvo mirar adentro. La escena me estremece más de lo que lo hicieron los moradores de los pisos anteriores: todavía de pie, calcinándose por completo, los comensales regresan al comedor y envían a los meseros a ordenar el desastre. La mujer que me ha ayudado apenas consigue levantarse, y se dirige a mí desde la distancia que nos separa:

— Deja de entrar en las habitaciones y esquiva todas las puertas—susurra entre sollozos—. Toma los corredores y encuentra las escaleras tan pronto los cruces—añade—. Si realmente no perteneces a este lugar habrás de salir exculpado.

Abandono el borde la puerta tan pronto como el fuego empieza a consumirse y los meseros, con quemaduras expuestas a través de sus prendas rasgadas, retoman sus tareas y sirven el siguiente plato en el menú con la esperanza de que ninguno de los moradores los haya fichado como aperitivo. 

SEXTO PISO

Avanzo por el corredor dando zancadas hasta llegar a la escalera que subo con la cabeza erguida, mirando delante todo el tiempo, sin que nada me distraiga del propósito de dar con los peldaños que dan acceso al piso siguiente. Resuelto a encontrar una salida paso por el cuarto y quinto piso sin mirar a los lados, limitándome a correr, cuidándome las espaldas de los moradores, haciéndome paso hacia el sexto piso. Una vez allí el aire se vuelve frío. Abro y cierro los ojos intentando combatir el ardor que los aqueja, que parece aumentar a medida que cruzo el corredor. No encuentro ninguna escalera aquí. Entonces emerge el ruido de las paredes: un chillido que se mueve en el aire y me aplasta los tímpanos hasta doblegarme. Grito y aprieto los párpados mientras me cubro los oídos en vano. Los moradores del sexto piso me toman de los brazos y me cargan hasta el interior de una habitación llena de gente que no consigo ver por lo aturdido que estoy. Me golpean en la cabeza justo cuando pienso no poder soportar más el sonido.

La imagen se esclarece tras recuperar la conciencia. La multitud aguarda en sus butacas con la mirada atenta de quien anhela un espectáculo. Cinco hombres forman un círculo con sus sillas y toman asiento esperando instrucciones. Consciente del todo, advierto mis manos atadas detrás del espaldar de mi silla, tal como los moradores del primer piso, solo que sin los ojos vendados. Un tipo alto es quien revisa a los miembros del círculo para asegurarse de que no llevan ningún instrumento que pudiese arruinar el espectáculo que ha reunido a los moradores de este piso. Entonces el tipo alto entrega el revólver a uno de los hombres del círculo. Sosteniendo el arma con firmeza, éste revisa el interior del cilindro, lo regresa a su sitio y retira el seguro. Solo cuando parece haber constatado que el arma está cargada la coloca sobre su sien. Veo emoción en las caras de los de los espectadores, y a los hombres del círculo mirarse entre ellos con desasosiego. El hombre con el revolver pulsa el gatillo y sale de mi boca un quejido que me nace en el vientre. Recupero la respiración en cuanto el hombre le cede el revolver a su compañero contiguo. Y entonces el rito se repite. El segundo hombre también sobrevive después de haber colocado el arma dentro de su boca, seguro de su suerte.  El revolver llega al tercer hombre, quien sin ninguna prisa lo coloca justo sobre su frente y me mira a los ojos riendo, como si tuviese la certeza de que seré yo quien morirá en el siguiente turno. El público aplaude y el tipo alto que dirige el rito también me sonríe en son de burla; seguramente ver morir a un visitante enloquecería a la audiencia. ¡BOOM! Mi camisa se mancha por completo con los fluidos que se disparan del cráneo del tercer hombre, cuyos sesos caen junto con el arma. Los moradores celebran su muerte, y los miembros del círculo se suman a la ovación; su alivio es evidente, tal como la frustración del tipo alto porque sigo con vida. Los sobrevivientes abandonan el círculo tan pronto como se cierra el telón.

Suelto un respiro. El sosiego dura solo unos instantes. Tres hombres me toman en peso y me colocan sobre una camilla en la que soy apresado nuevamente. Las risas se tornan tan fuertes que me aplastan los tímpanos en el trayecto por el que nos movemos. Uno de los hombres me golpea en el estómago para que deje de suplicar; el gesto les divierte a los otros. Acto seguido, ingresamos a una habitación por la que la luz del exterior parece colarse por algún agujero.

Siento por primera vez cómo me invade el miedo: esa sensación espantosa que parece comérsenos las entrañas. Los tres hombres me observan con fijeza mientras me colocan gazas húmedas sobre las sienes y un trapo mojado entre los dientes. Advierto sus intenciones antes de que me muestren el dispositivo con que planean torturarme.

— Mírenlo— dice el tipo alto—. Está muerto de miedo.

Los moradores de este piso ríen a carcajadas.

— Debe ser algo astuto para no haberse quedado en los pisos anteriores, ¿no creen?—pregunta, con el control en la mano—. Vamos a ver qué tanto lo eres ahora…

La descarga me recorre el cuerpo entero: siento agujas en las plantas de los pies y las palmas de las manos; no es más la electricidad calcinándome. Excitado por mi dolor, el tipo alto aumenta la intensidad del dispositivo al que me han conectado, y siento cómo se me exprime el estómago antes de empezar a vomitar sin control.

— ¡Es mi turno!—exige uno de los hombres—. No traje mis herramientas en vano.

— ¡Cállate, idiota! ¡Yo decidiré cuando sea tu turno!—dice el tipo alto con el control en la mano.

— ¡Ya basta! Lo matarás muy rápido y se acabará la diversión—añade el tercero, quien le quita el control al tipo alto y apaga el dispositivo para darme un respiro por unos segundos. Las descargas deben haberme destrozado los nervios porque no consigo mover las piernas ni abrir del todo la boca.

Bastan dos segundos para que el tipo alto pierda la paciencia y les dispare justo en la frente a sus amigos.

Aguardo a que el tipo se acerque de nuevo a la camilla en cuanto descubro que mi mano izquierda con algo de energía. Finjo inconsciencia y sigo sus movimientos con la mirada desorbitada. Y entonces se descuida: le adhiero uno de los sensores que me he arranco del cuerpo a su brazo antes de que active la descarga. Me lanzo al suelo y siento como mi piel se resquebraja. Me arrastro hacia a la luz mientras el tipo alto parece volver en sí. Escucho los disparos enseguida: todas son balas perdidas. Para cuando el hombre empieza a apuntar a la ventana, salto por ella hacia la laguna. Cualquier disparo desde el sexto piso es en vano.

Débil y apenas consciente, siento cómo el agua y el fango me devoran. Y entonces, con dificultad, distingo la imagen frente a mí: el hombrecillo y una pareja a sus espaldas  se aproximan en un bote. El hombrecillo se acomoda los lentes y parece complacido, como si hubiese sabido desde el principio que yo no cruzaría el pantano de regreso.

Mi cuerpo sigue hundiéndose con mi cabeza todavía fuera del agua, y escucho el canto de las aves que sobrevuelan el inmueble. Entretanto, el bote alcanza el muelle y los pasajeros caminan hacia el inmueble distraídos por las instrucciones del hombrecillo. Los buitres descubren mi cabeza en el agua.

Jorge Vargas Chavarría | @jorgevargasch

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