Peregrino

     Guayaquil: 2’500.000 habitantes, y no creo caber entre ninguno de ellos. Me considero un extranjero, pero no del Ecuador, sino del mundo. Creo estar de paso por aquí, y creo que mi boleto de partida está por imprimirse. No contemplo el suicidio; tal vez ni siquiera lo necesito, puesto que mi cuerpo, a pesar de mi juventud, está tan gastado como la lona de un portero. Pocas veces concilio el sueño, y desde hace un par de meses acompañan a mis ojos dos abismos negros. Supongo que la huella del insomnio es indeleble.

     Son casi las dos de la mañana. No estoy en casa, como de costumbre, estoy buscando un lugar al que pertenecer, aunque soy consciente de que ningún sensato me abriría la puerta con esta apariencia de la que ya no puedo deshacerme.

     A veces creo que he desembarcado a orillas de la locura, porque aun cuando conservo instantes de sensatez, en los que, por un momento muy breve, soy consciente de lo que me estoy haciendo a mí mismo, me importa nada detenerme. Medito entonces que es probable que desconozca mi adicción. ¿Son las drogas o el dolor lo que realmente llenan ese vacío emocional de mierda que me tiene sumido en esta condición?

     El olor a orina es insoportable en este callejón por el que deambulo solo, porque,  ¿quién quiere ayudar a quien el error no le enseña? Veo luces a lo lejos; una fiesta (pienso). Uno de esos festejos que duran hasta el amanecer. Decido ir. Me importa un carajo no estar invitado, aquello importa nada en este tipo de lugares en donde la lujuria es el aroma del ambiente.

peregrino_ilustracion

     Ingreso; me pierdo entre la gente; mis náuseas se vuelven más fuertes. No estoy seguro de quién se mueve más rápido, si las luces, o a quienes las luces iluminan.

     Dirijo mis ojos a la barra, hay mucha gente, todos ebrios. Al final del mesón, se apuesta una chica de cabello oscuro, delgada, con un tatuaje en su hombro derecho. Me acerco, me siento junto a ella, y ni siquiera la curiosidad de ver mi rostro la inmuta. Veo su vaso y está lleno, no ha bebido nada, mueve su dedo por el borde con la mirada perdida.

— ¿Cómo te llamas?

— ¿Para qué quieres saber mi nombre? No porque te lo diga me vas a conocer—responde.

— Soy Javier.

Decide mirarme; tiene los ojos verdes, y los labios abultados. Parece percibir sinceridad en mi voz, así que no pone fin al diálogo.

— ¿Qué haces aquí, Javier?

— Nada en realidad.

— ¿Estás solo?

— Sí, así es.

La muchacha parece desatar un poco los nudos de su personalidad y se abre a la charla. No me gano su confianza, pero sí su nombre y un par de sonrisas.

— ¿Y tú estás sola, Kaia?

— Sí, pero no sola en la fiesta, sola del todo. No quiero en mi vida más tragedias, así que… acepté la soledad.

— ¿La aceptaste?—pregunto— ¿Es así como quieres vivir por siempre? Yo sé que tal vez ahora me siento así también, pero no creo que sea como quiero estar por el resto de mi vida.

— ¿Vida? Te drogas, Javier, ¿cómo puedes tú hablar de vida?

     Guardo silencio, ¿qué argumento podría usar yo? Alguien como yo no está en la facultad de dar un consejo, peor aún de orientar a alguien. Tanto mi presente como mi destino están perdidos. Entonces noto que Kaia se alegra de que me calle, deja a un lado el vaso y me besa, primero con suavidad, apenas rozándome, y luego con certeza; sus labios contra los míos. Siento la intimidad de su aliento, el sonido de su respiración. Supongo que ella siente el calor de mi mano en su nuca.

     No sé cómo ni por qué, pero bastaron un par de minutos para que Kaia y yo termináramos en la cama. Tal vez teníamos más en común de lo que pensábamos, y nuestros cuerpos habían comprendido eso mucho antes que nuestras mentes.

     Pasamos la noche en la habitación de un motel decente, y aunque en el trayecto al lugar entendí que sería cuestión sexo y nada más, en el acto, parece lo contrario; hay caricias por todo el cuerpo. Siento la arquitectura de sus huesos en mis manos y la nobleza de sus senos; no es sólo sexo, hay un mutuo deleite de por medio. Kaia me susurra cosas al oído con sus manos sobre mi manzana de Adán, lo entiendo entonces: esta escena, más que cualquier cosa, es un vínculo inconsciente, y a la vez, placentero.

     Con los ojos cerrados y las extremidades ocupadas, me abandono al placer. 

     Las cortinas de la habitación son finas y claras, de modo que le sol consigue ingresar sin esfuerzo. Los primeros rayos del día me despiertan de un sueño profundo y calmado. Kaia no está a mi lado, tampoco en el baño, ni en ninguna parte. Cuando termino de vestirme, veo un papel tirado cerca de la cama que acogió nuestro gozo, lo tomo entre mis manos y lo leo:

     “La vida pasa, mis amigos ya no están, mi familia tampoco. Conocerte no fue algo de lo que me arrepienta, pero mi cuerpo está sucio, y ya no tengo alma que vestir. No quiero infectarte. No quiero llenarte de la misma porquería de la que está atestada mi vida. Digamos que soy como la fruta podrida que daña a las otras. A veces creo que soy como el perro callejero que todos miran con tristeza, pero que nadie ayuda. En tu corazón aún hay esperanza, Javier. Cambia tu rumbo, empieza a vivir, no dejes que se haga tarde. Aunque he partido, quiero que sepas que cuentas con un corazón en este mundo, y que si estamos destinados a estar juntos, nos encontraremos algún día. Adiós, Javier.”

     Abandono el motel de inmediato; trato de recorrer las cuadras contiguas al edificio, pero no veo rastro de una chica de cabello oscuro. Lo entiendo: Kaia está lejos.

     Paso los días siguientes acompañado de innumerables reflexiones, de voces cercanas a la conciencia, de vicisitudes del pasado que eché a borda cuando estuve con ella. En fin, sumido en mi memoria, en esa dimensión que marca la identidad, que conserva intacta nuestra esencia.

     Las palabras de Kaia logran su cometido, me sacuden la conciencia y de algún modo me dan un camino. Me he reconciliado con mi parentela. Los lazos de familia se han apretado más que nunca como un nudo inquebrantable. De vez en cuando, mientras me asomo por mi ventana y veo un par de aves volar, agradezco porque aún estoy vivo, porque tuve tiempo de aferrarme a una oportunidad, y porque una carta fue capaz de abofetearme y hacerme entrar en razón.

     Soy un peregrino de la vida, viajo siempre, estoy aquí, luego allá, pero con los pies sobre la tierra, consciente de que los errores son parte de vivir. Ahora soy consciente de que el mañana es siempre tarde.

Jorge Vargas Chavarría

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PEREGRINO (CORTOMETRAJE)

(Guión: Gustavo Ruata – Dirección y producción: Claudia Azúa y Alejandro Dueñas)

Peregrino (Cortometraje) from Jorge Vargas Chavarría on Vimeo.

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5 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Ruth dice:

    Mañana es siempre tarde, gran verdad…
    Sigue adelante Jorge, con escritos como este no queda duda de tu talento.

  2. MICHELLE PLAZA dice:

    MMMMMMMUUUUUAHHHHHHHH GENIAL COMO TODO LO Q HACES
    CUAL ES LA BASE DE TANTA INSPIRACION -;:;:;:llññññ;;:::;:

  3. Muy bueno, me encanto todo. Me imagine cada palabra, cada escena, desde el principio. Me hubiera gustado conocer más a Javier, pero en fin. Me encanto.

  4. Jordy Robles dice:

    Este, definitivamente, es el cuento que más me ha conmovido.
    Es muy, muy grato como enlazas escenas sin aparente conexión contextual, para cumplir con un propósito indudable: “El olor a orina es insoportable en este callejón por el que deambulo sólo, porque, ¿quién quiere ayudar a quien el error no le enseña?
    Grato!

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