El cuentista

Había pasado una semana desde el funeral de mis padres, quienes habían fallecido en un accidente automovilístico. Todavía no me recuperaba del suceso, pero la corte había decidido ya mi destino. Durante mis quince años de vida había pensado que mi familia empezaba y terminaba con mis padres, puesto que jamás me habían presentado a ningun otro consanguíneo. Pero resulta que no, que había un último familiar regado por el mundo; lejos, pero dentro del país.

Tras la muerte de mis padres, fui enviado a vivir con el único pariente vivo que me quedaba, un hombre cuyo rostro no conocía, ni quería conocer: mi abuelo paterno. Hubiese preferido quedarme solo y recibir dinero del gobierno para subsistir mientras alcanzaba la mayoría de edad, pero bajo mi condición de mocoso, eso no lo podía decidir yo.

Con la compañía de mi luto, emprendí el viaje desde la capital hasta Córdoba, en el campo argentino. Tras casi un día de viaje en bus, llegué por fin a la estación de Belgrado. Agarré mi mochila y mis maletas, y saqué de mi bolsillo el arrugado papel en donde había anotado la dirección de la granja adonde debía llegar y presentarme como nieto.

Llegué a la granja a la hora del atardecer, cuando el sol hacía de los sembríos de arroz un panorama naranja y brillante. El olor a tierra mojada y el sol me recibieron en el sendero lleno de hojas de otoño. Vi la granja a lo lejos y a los cerdos revolcarse en el lodo. Parecía haber llovido la noche anterior, a juzgar por la humedad del suelo.

Debo admitir que estaba inseguro, no solo de estar en el lugar equivocado, sino también de cuál sería el rumbo de mis días. Detestaba el hecho de dejar la ciudad para irme al sucio y hediondo campo que tanto había odiado siempre. No tenía elección alguna, era vivir en el campo bajo las limitaciones de una apartada granja, o hundirme en el abandono de un orfanato durante tres años. Sin más vacilaciones, golpeé la puerta de madera.

El hombre que abrió la puerta tenía la frente llena de surcos y una abultada nariz. Me miró a los ojos con conmoción, como si tuviese un fantasma en frente.

—Buenas tardes— dije—. Mi nombre es Gael.

—Eres el vivo retrato de tu padre—dijo el hombre.—Lamento que tengamos que conocernos bajo tan terribles circunstancias.

—¿Usted sabe del accidente?

—Sí, hijo, lo sé—responde con la voz apagada. — En todo caso, bienvenido.

Hubo compasión en sus palabras, refugio, incluso aliento. Tenía la habilidad de percibir los sentimientos de la gente, y a veces, revestirme de ellos. A decir verdad, fue un buen primer encuentro, pero no quería dejarme llevar por la primera impresión. Lo más probable es que mi abuelo era un buen hombre, pero si lo era, no quería convencerme de ello sólo por su acogedora bienvenida, quería juzgarlo con el transcurrir de mi estadía, si es que en algún sentido era correcto juzgarlo.

Había llegado mientras mi abuelo cocinaba la cena, así que el olor a guiso abundaba por la casa. La vivienda cimentada en el campo estaba construida con madera en su totalidad. El piso, las paredes y el techo, eran todos de madera gruesa y compacta. El abuelo me ayudó con mis maletas, y noté de inmediato la energía del vetusto al subir las escaleras sin esfuerzo. Estaba viejo, pero concervaba una fuerza que ni yo poseía en ese entonces.

Me guió hasta un dormitorio contiguo al baño, y me explicó que era el designado para mí. Me preguntaba en ese instante si había alguien más viviendo allí, y como si hubiese leído mi mente, me aclaró que vivía solo desde hace algún tiempo.

Acomodé mis bultos en la habitación y colgué mi ropa en los armadores estropeados por el óxido. Temí que mis camisetas se mancharan, pero recordé que no tendría a quien lucirlas en la lejanía en la que me encontraba. El tema terminó por serme indiferente. Salí de la habitación y bajé las escaleras, paseé la mirada por la sala y me llamó la atención la chimenea; no había visto nunca una encendida.

—Gael, ven por favor, vamos a cenar.

Entré en la cocina siguiendo el aroma a carne cocida, y allí me esperaba el abuelo con los platos en la mesa y el vaso de jugo de toronja empapando el mantel. Todo se veía delicioso.

—Gael, quiero que sepas que lamento muchísimo lo de tus padres, y espero que con el tiempo se alivie tu dolor— dijo en tanto se hubo sentado frente a mí. —No hay consuelo para el duelo más que la resginación. Yo conozco de cerca el sufrimiento causado por la muerte del ser querido, porque lo he vivido y he palpado su suplicio. Además, recuerda que es también un hijo mío el que ha muerto.

—¿Por qué no fuiste a su funeral?—pregunto de inmediato— ¿Por qué nunca supe de tí, sino hasta ahora?

—Porque tu padre así lo quiso, porque para él su padre había muerto mucho tiempo atrás. Pero no creas que no lloré su muerte en la soledad de esta granja. Lo lloré, y mucho, más que nada porque nunca pude darle un abrazo de nuevo. Lo más seguro es que lo siga llorando por algunos días más.

Entendí que el abuelo estaba devastado, igual o más que yo, que trataba de luchar con mi dolor y convencerme de que llorar no me serviría de nada. Después de todo, reconocía en mi interior lo vulnerable que estaba en esos momentos, pero reconocía también que quería mentirme a mí mismo y verme impecable ante el espejo. Somos—como decía mi madre—lo que callamos.

Cenamos y cambiamos de tema. El abuelo me contó un poco de su vida y de la granja que había levantado con sudor y sacrificio junto a la mujer que había amado y visto partir hace tres años. Me contó que era procedente del sur de Chile, y que había terminado en el norte de Argentina por cosas de la vida. Su familia entera se había quedado allá, y considerando la ignorancia de su pueblo, habían perdido contacto hace años.

Esa noche me acosté pensando en todo lo que había sucedido en el transcurso de mi llegada. No entendía bien por qué, pero me sentía a salvo; me sentía en casa. Quizás era la hospitalidad con que había sido recibido y la exquisita cena que me había ofrecido el abuelo luego de quince horas de viaje en bus sin probar bocado. Fuese lo que fuese, esa noche concilié el sueño que no había tenido en días, acostado en una cama con sábanas limpias y bajo el techo de un hogar construido con amor.

No había cortinas en la ventana de mi alcoba, así que los primeros rayos del sol de la mañana me golpearon a la cara y me hicieron despertar. Para cuando me acerqué para mirar, los gallos cantaban y el ganado se alzaba al mismo ritmo del sol. Parecía que lo de madrugar en el campo no era un chiste, o una simple noción rural. Me refregué los ojos para aclarar mi visión, y entonces vi al abuelo arando junto a los sembríos de arroz que había visto al llegar. Llevaba la camisa mojada, así que lo más seguro es que llevaba un buen rato en aquella faena.

Bajé las escaleras para saludar al hombre que me había recibido con hospitalidad y me había brindado una cama. Había un par de botas en el pórtico de la casa, así que me las puse para poder cruzar la tierra mojada y las heces bovinas.

—Buenos días…

Titubeé un poco al saludar porque aún no sentía confianza para llamarlo abuelo.

—Buenos días, muchacho —dijo en un tono contento. —¿Te han picado los mosquitos?

—No, ninguno.

—Suerte de recién llegado. Cuando termine aquí prepararé el desayuno, ¿quieres ayudarme a labrar la tierra? Se acerca la mejor época del año.

—La verdad no sé nada de eso, jamás he sembrado nada. Y tampoco me entusiasma mucho el tema.

—Sólo tienes que palpar la tierra y revisar que no hayan hierbas o restos de otros cultivos. Te servirá mucho aprender eso.

El abuelo era muy persuasivo, y me convenció de ayudarle en el trabajo de labrado. Terminé untando mis manos en el lodo y sudando tanto como él. Mientras trabaja, recordé una de las cosas que más me preocupaba: ¿adónde diablo terminaría la secundaria? El apartado granero no parecía tener colegios aledaños, ni siquiera una farmacia o una tienda de abarrotes. En el primer descuido,  un bicho me mordió en la palma de la mano mientras tenía ésta en medio del lodo. Tan pronto como sentí el ardor en mi piel me incorporé y sacudí la mano hasta que el animal se desprendió de mi palma.

El abuelo empezó a reírse y secarse el sudor de la arrugada frente con una franela. Su respuesta sólo consiguió enfurecerme.

— ¡¿De qué te ríes, viejo estúpido?! Me ha picado este bicho asqueroso y tú te ríes. Jamás debí venir a este sucio granero—grité, mientras me sangraba la mano. —No sé qué estaba pensando cuando acepté ayudarte.

Dejé las herramientas de sembrado tiradas, y me retiré sosteniendo mi mano sangrante con la otra. El abuelo recogió los utensilios y se dirigió a mí con arrojo.

—Eres igual a él…

Me detuve al escucharlo. No lo miré, pero escuché con atención cada una de sus palabras.

—Eres igual al engreído de tu padre. Odiaba su origen y renegaba del oficio de su familia.

Me volteé de inmediato con la rabia como motor de mis pasos.

— ¿Cómo te atreves a meterte con mi padre?— pregunté lleno de ira hacia el anciano. —Si abandonó este lugar habrá tenido sus motivos.

Luego de una mirada llena de coraje, retomé mi camino hacia la casa. Tenía planes de tomar mis maletas y escaparme de un lugar al que había llegado por cosas del destino, y no por elección propia. Sin embargo, en cuanto entré a la casa golpeando todo, apartando las cosas de mi camino, el abuelo me tomó del brazo con tal fuerza que creo que brotó más sangre de mi mano.

—Lo siento, muchacho. Discúlpame por haberte hablado así. Acabas de llegar y no quiero que creas que soy un viejo y loco campesino que lo único que sabe es matar gallinas y lanzar escupitajos.

—¿Qué te hace pensar que me quedaré?

—El hecho de que estás obligado a estar aquí—contesta con certeza. —Eres menor de edad y no puedes regirte a los instintos de tus jóvenes hormonas. Así que estoy seguro de que con el tiempo llegarás a lidiar con el temperamento y los defectos de este burdo veterano.

Accedí a quedarme porque no tenía un peso para volver, y porque también reconocía que me hubiese perdido en medio del monte y las mugrosas sanguijuelas que ya me había tocado conocer. De cualquier forma, desayuné con el abuelo, claro está, sin cruzar mayor palabra más que para pedirnos la salsa o una servilleta. Entre las casi nulas actividades existentes en esa casa, llegó la tarde, lo supe por el viejo reloj cucú que colgaba en la pared de la chimenea. Y fue allí que conocí el otro lado del anciano. Junto a la chimenea se encontraba una biblioteca con finas puertas, de madera también, que escondían los libros de las polillas. En ella había varias decenas de libros, tantos, como para educar a una clase entera. El abuelo sacó un par de ellos y se sentó en el sofá más holgado de la sala. Yo estaba en el del frente, mirando como los abría y los cerraba como si pudiera leerlos al instante. Lo más probable es que trataba de decidirse entre alguno de ellos.

—Estos libros viejos y empolvados son la mejor herencia que me dejó tu abuela. Y, de una forma muy compleja, creo que también me ató a ella con ellos. Me hizo leerlos, varias veces, y así sembró en mí la lectura. Algunos son tan viejos que incluso fueron leídos a tu padre en las noches de su infancia. Algunos fueron heredados a tu abuela, y otros fueron regalados por amigos de la vida.

Escuché sus palabras con atención, más que nada por la franqueza que percibí en ellas. Me levanté y me acerqué a la biblioteca, quité un poco de polvo con los dedos de mi mano sana, pues la otra la tenía con una gasa envuelta. Mis curiosos ojos encontraron un cuadernillo grapado y enmendado, apolillado, como si en ocasiones hubiese sido olvidado. Pero lo que más me había cautivado de él, era que estaba escrito a mano, así que el autor de esas líneas vivía bajo el techo de esa casa de campo. Tomé el cuaderno entre mis manos y una hoja se escapó del anillado. Mi abuelo se acercó en silencio y recogió la hoja del suelo.

—Hace mucho que no veía ese cuaderno… —dijo. —Hace mucho que dejé de escribirlo…

—¿Tú lo escribes?—pregunté con asombro.

—No desde que murió tu abuela hace tres años. Desde entonces lo tengo archivado entre los libros que leí junto a ella por las noches.

Miré a mi abuelo con admiración, pues me di cuenta de que me quedaba mucho por conocer de ese hombre. El abuelo se sentó de nuevo en el mueble y esta vez me senté más cerca de él. Se puso el cuaderno en el regazo y pasó las páginas con cuidado; estaban marchitas como las rosas descuidadas, pero guardaban un significado íntimo y afectivo para el anciano que las leía con anhelo.

—¿Desde cuándo lo escribes?

—Desde hace mucho—me respondió. —Décadas, diría yo. Es como una historia que escribo con el tiempo. No es el primer texto que escribo; debe haber una caja llena de hojas con mis cuentos en el desván. Los escribí cuando tu abuela estaba viva, ella era mi única lectora, la única que conocía lo que escribía, y la única que me llamaba cuentista—explicó con una voz sollozante. —Creo que seguiré escribiéndolo, quizás al escribirla pueda recordarla con detalle y dejar guardado entre las líneas un recuerdo permanente del amor que tuve por tu abuela.

No sabía qué decir, había presenciado una escena que tal vez el abuelo no quería proyectar hacia otros. Había soltado sus palabras como una confesión personal y necesaria que había estado esperando el turno de flotar en el aire.

—Sigue escribiéndolo, abuelo, porque me gustaría poder ser yo ahora un lector de tu cuaderno.

Aquellas palabras brotaron de forma espontánea. Sentí, por un instante, que aquel hombre y yo realmente compartíamos un vínculo. El abuelo levantó sus ojos hacia mí y se aclaró la voz un poco. Era la primera vez que le decía abuelo, y que establecíamos una corta pero inalterable conexión personal. Tal vez se debía a que se habían desnudado sentimientos reprimidos. Esa noche, el abuelo preparó chocolate y una tarta de maíz. Cenamos juntos en la cocina, y los inciensos que me había hecho colocar en la casa, ahuyentaron a los inquietos zancudos nocturnos. Cuando terminamos, el abuelo se sentó cerca de la chimenea y empezó a escribir en el cuaderno. Llevaba sus lentes puestos y su mirada apuntaba a la hermosa caligrafía con la que trataba de escribir. Me inquietaba el contenido de ese cuaderno, y los cuentos que supuestamente permanecían en un cartón viejo del desván.

Los días siguientes transcurrieron entre el sol del campo, la pestilencia de los animales, las jornadas de trabajo, la deliciosa comida del abuelo, ratos alegres, y oportunidades de charlar. Nos conocimos más el uno al otro, y así el abuelo me fue contando anécdotas de años felices bajo la sencillez y armonía del campo, donde había vivido durante sus seis décadas.

En una noche de desvelo, me atreví a colarme en el desván. El lugar estaba lleno de adornos viejos, vajillas, muebles, cuadros, y entre todos los cacharros se escondía la caja, llena de hojas amarillas, como prueba del tiempo solitario. Leí los cuentos del abuelo, los leí uno a uno, lento y atento, conocí los personajes que habían marcado su vida, porque indudablemente eran todos autobiográficos. También, entendí que había amado a su único hijo, y a la nuera que este le había presentado cuando estaba embarazada. No cabía duda de que el abuelo había conseguido atraparme, el texto me acorraló y no me soltó hasta que digiriera hasta la última letra. Entendí por qué mi abuela había decidido llamarlo El cuentista, y reconocí que para mí el abuelo también llevaría ese referente, pues cocía sus historias con el hilo de un espíritu rebelde.

El tiempo ayudó a que con el abuelo consiguiéramos soportarnos los defectos. Creo que nos unía un poco el coraje y el orgullo, que a lo mejor venía en los genes. Creo que el abuelo tenía un concepto para el libro que había empezado a escribir años atrás, y que desde mi llegada había retomado para terminar. El cuaderno significaba un recorrido por su vida.

Acepté que mi estadía sería prolongada, así que terminé la secundaria en un colegio que estaba a un par de kilómetros de distancia, y me crié en la granja por el resto de mi adolescencia. Lo suficiente, para presenciar la noche en que el abuelo me informó que había terminado el libro y que deseaba que fuese quien recorriera sus páginas con inquietud e intensidad. Y así lo hice, y porque llegué a conocer al abuelo a través de la historia de su vida, y presenciar la maravillosa persona que fue, lloré su partida junto a todo el pueblo.

Han pasado varios años ya desde que el abuelo falleció y me dejó el manuscrito de su libro. Siento, tras los días vividos junto a él, que soy también un pedazo de memoria, y que represento una hoja más en el árbol de su vida. Las mejores herencias que pudo dejarme aquel anciano, fueron dos: la experiencia de haberlo conocido de verdad, y el cuaderno que más que una historia, fue un inventario, con enmendaduras y aciertos, de una vida feliz.

Jorge Vargas Chavarría | @jorgevargasch

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8 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Ana Egüez dice:

    Me ha encantado!! Es un cuento tierno y facil de leer, me gusta mucho el relato de la relacion entre el niño y el ebuelo, la escritura es muy buena, lo dicho, de facil comprension, mis humildes felicitaciones. Anna

    1. Gracias, Ana. Aprecio mucho tus amables palabras. Espero sigas leyendo lo que escribo. Saludos. =)

  2. OfiBunker dice:

    Jorge! Brillante relato, me encantó. Enseguida se lo leo a mi familia en la noche. Estás madurando como escritor, tus letras están mucho más que enrumbadas a la lumbre literaria y no era para menos esperar eso. Muchos éxitos y Felicitaciones una vez más! Dios te bendiga.

    1. Este es mi sueño, y lo estoy siguiendo. ¡Gracias!

  3. La lectura es fácil de comprender. La historia me trasladó, me recordó a la finca de mi abuela, donde pasaba tiempo con ella. En lo personal, es tu mejor cuento. Sin embargo, sé que eres capaz de hacer mejores. Algún día te convertirás en un escritor de renombre. Sólo hay que escalar de a poco. Este es uno de esos escritos que uno disfruta leer y, en mi caso, inspiran para retomar una historia olvidada o comenzarla a escribir. Felicitaciones por tu creación.

    1. Gracias, Bismark. ¿De verdad crees que es el mejor cuento que he escrito? Qué bueno que evocara lindos recuerdos en tu memoria. Nos vemos en el foro. Saludos. =)

  4. Yana dice:

    Tus cuentos transmiten y muestran su lado humano: los sentimientos. De verdad que éste último inspira a que todos seamos “cuentistas” de alguna forma u otra de nuestra propia vida. Espero verte crecer como escritor con tú dedicación, lo lograrás!

    Con cariño;

    Michel

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