La literatura en el Ecuador

Cuando un arte nace en el alma es indiscutible la creatividad y la pasión con que puede llegar a realizarse. Parece ser, que en los últimos años, se ha incrementado el apoyo en cuanto a la música y la pintura nacional se refiere. Varios festivales han permitido que jóvenes pintores puedan darse a conocer y recibir un apoyo económico que les permita arrancar. De esta manera, se incentiva el arte y la cultura, se premia y se apoya el talento de quienes luchan por encontrar una oportunidad para presentar su arte. Sin embargo, la literatura no ha corrido con la misma suerte.

He asistido a las ferias del libro de Guayaquil de los últimos años, y en el 2010 a la primera que realizó el Ministerio de Cultura. Asistía siempre muy esperanzado en escuchar palabras que me alentaran, que me empujaran a motivarme, por parte de personas del medio. Especialmente en el 2008, cuando escribí el primer relato que pensé en publicar (y que logre publicar). Recuerdo perfectamente, y hasta este año sigue siendo así, que los mejores, más coloridos y más adornados stands son los de las librerías y negocios, a diferencia de la sección de autores nacionales que siempre luce un tanto apartada del centro de atención. Siempre me tomaba la molestia de dedicar más tiempo a dicha sección casi olvidada, incluso compraba libros allí en lugar de en las librerías, y conversaba con los pocos autores que asistían, aún cuando eran mucho mayores que yo. Entendí, luego de varias veces cruzar unas cuantas palabras y recibir un par de amables consejos de estos escritores, que la literatura en el Ecuador es sumamente difícil. ¿Por qué? Principalmente, y lamentablemente, porque los ecuatorianos no leen. Al menos no lo suficiente como para alentar más publicaciones por parte de las editoriales, cuya misión comentaré más adelante.

El principal motivo por el que una persona escribe es porque ama hacerlo, porque logra expresar muchas cosas a través de sus letras y sus historias. Pero los sentimientos no tienen cabida en los negocios, y por eso no todos los libros que son escritos se publican.

Tenía 16 años, inexperto joven que gustaba de escribir y que pensaba que publicar un libro no era cosa tan difícil (motivado por el triunfo de publicaciones internacionales llevadas al cine con éxito). A esa edad, comencé a intentar investigar, conocer este mundo de la literatura, saber cómo se movía y qué había que hacer para llegar a ver tu historia a la venta en una librería. Pise las oficinas de editoriales con el manuscrito de mi primer libro. Pasó un año, había visitado sólo dos de ellas, las dos más grandes del país y las únicas que tienen oficinas sucursales en Guayaquil. ¿Para qué? Para escuchar que la historia era buena, pero que no se ajustaba a los parámetros de su línea editorial y muchas otras excusas para no decirme en la cara “eres muy joven”.

No me desmotivé, puesto que creía en lo que había escrito, y fue así que en noviembre de 2009 presenté el libro de manera independiente, sin ninguna editorial apoyándome de ninguna manera, pero claro habiendo editado y trabajo el libro en su totalidad.

Ver mi primer libro impreso, ver cientos de ellos juntos, pasar mis dedos por sus páginas y saber que era yo el autor de eso que veía allí, entregar por mí mismo un libro a alguien interesado en él, firmar el libro, dar una que otra entrevista, y hablar en público como nunca antes había querido hacerlo, eran en conjunto un pequeño sueño que se había hecho realidad.

Tenía 17 años y pensaba que tal vez de esta manera surgirían más caminos por los que podría buscar un apoyo de cualquier tipo. Los libros se vendieron, recibí mucho apoyo de personas cercanas, amigos y gente extraña también, que quizás veía el libro como el fruto de una ilusión. De cualquier manera, la etapa de vender y promocionar “La espada de Sorton” pasó. En el 2010 culminaron e iniciaron a su vez etapas muy importantes en mi vida, lo que me motivó nuevamente a escribir y concluir el libro a mediados de este mismo año.

Luego de publicar un libro, y haber tenido una importante participación en un nuevo medio impreso (que dejó mucho que desear debido al mal manejo de los propietarios), comencé nuevamente en esa ilusionada búsqueda de encontrar apoyo. Hasta la fecha, he enviado el manuscrito de ese nuevo libro a cinco editoriales, las más importantes, o más bien, las que contestaron a mi llamado tras una ardua búsqueda en la cámara del libro. Una dijo no, las otras tres necesitan más tiempo (han tenido ya suficiente pienso yo), y la última, dijo sí. Pero antes de que piensen que este artículo es para decir “bueno este muchacho lo logró”, no, mejor terminen de leer. Resulta, y lo entendí gracias a mi visita a una de las últimas ferias del libro de la ciudad de Guayaquil, que sólo dos editoriales en el país, no cobran la impresión de la obra al autor, ¿cuáles? Las mismas dos grandes editoriales que me consideraron “muy joven”. Pero regresando a la respuesta positiva, que para ese entonces sabía ya la realidad de las editoriales nacionales, resulta que sí, que ellos también cobraban la impresión y otros valores para la publicación. Es decir, que en ese camino que nuevamente había trazado, seguía habiendo piedras dispuestas a no dejarme continuar.

Es triste en realidad, no que no consiga publicar el nuevo libro, porque estoy seguro de que eventualmente de alguna manera lo conseguiré (la verdad soy positivo al respecto), sino que exista tan poco apoyo a cosas como éstas. Y lo digo porque no sólo intenté con editoriales, también lo hice con empresa privada y entidades públicas, buscando auspicios y otros. Además de que he conversado con otras personas que viven esta realidad de sentirse frustrados en ocasiones por semejantes faltas de apoyo. Escribí este texto como un llamado a meditar sobre la difusión de la cultura en nuestro país, puesto que quizás si ésta fuese más valorada, sus autores y sus obras lo fuesen también. Y cómo pueden estos desenvolverse, empezar y lograr oportunidades, si nunca les brindan las herramientas para iniciar. No obstante, quiero pensar que dicha situación irá cambiando con el tiempo, al menos eso espero. Cabe resaltar la existencia de grandes escritores y escritoras en nuestro país, que únicamente no han podido darse a conocer por obstáculos como los que me ha tocado a vivir a mis cortos 18 años de edad. Lo comento porque me he propuesto leer literatura nacional, con el fin de apoyar y cortar este problema, y créanme, el talento no hace falta en el Ecuador, pero el apoyo y la credibilidad por parte de la gente sí.

Respecto a mí, pues seguiré intentado, porque la verdad no creo poder pagarle a esa editorial que me ha dicho sí, la suma es demasiado alta para un muchacho escritor de 18 años. De todas formas, empecemos por leer un poco lo nacional, por preferir autores ecuatorianos, tal vez ese pequeño gesto marque una pauta a seguir y un comienzo a una nueva realidad para la literatura en el Ecuador.

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