Premio Joaquín Gallegos Lara para Una boca sin dientes

La tarde que recibí la llamada del Centro Cultural Benjamín Carrión para anunciarme que había ganado el Premio Joaquín Gallegos Lara tuve que estacionarme para digerir la noticia. No tenía idea entonces de que el libro había sido postulado por parte de la editorial (La Caída), ni mucho menos, que tenía opciones de ganar. Principalmente porque cuando se publica un libro es imposible anticipar su alcance. Meditar en la lectura que tendría mi trabajo es algo que antes me había angustiado. Con Una boca sin dientes, sin embargo, siempre tuve claro que no me impondría ninguna especie de prisa. El libro se publicó, de hecho, cuatro años después de Las cosas que no decimos, mi trabajo anterior. Y en ese tiempo lo que sí me angustió fue la posibilidad de haber perdido el olfato y la mirada escritural. Le había dedicado dos años a un trabajo en la industria que no disfrutaba y a una maestría fuera del país (que sí disfruté, por supuesto). Temía no volver a ser capaz de escribir algo coherente y que se articulara con la suficiente cohesión como para ser un libro. 

Pero estaba equivocado. No solo pude “volver” a escribir después de una larga temporada, sino que entendí que el silencio y la pausa son esenciales. El acto creador exige sus propios tiempos. Comprender esto último fue fundamental para poder armar, como a puntadas de bordado, lo que terminarían siendo los cuentos que componen Una boca sin dientes

Recuerdo, en tanto reflexiono sobre el significado de este premio, que el cuento que da título al libro terminó de cocinarse en el taller “La cama es el mar”, de mi amiga y escritora Solange Rodríguez Pappe, en 2021, en Casa Morada. Supe, por la reacción de mis compañeros del taller, que el libro no iba tan mal. Y lo digo así porque el camino de la escritura es uno lleno de temores. Escribir es, de hecho, una forma de lidiar con el miedo, de hacerle frente. Un taller literario siempre me ha parecido un ejercicio colectivo de resistencia, frente a los temores que trae el oficio, frente a la violencia que casi devora Guayaquil, frente a la vida misma. Así que también me siento agradecido por la tarde en que leí aquel cuento y empecé a confiar más en lo que se estaba fabricando. 

Me siento agradecido también con los primeros lectores de este trabajo, porque fueron ellos, quienes prestándome sus ojos, me ayudaron a encontrar mis flaquezas. Sus nombres aparecen en el libro porque aprecio grandemente tal generosidad. Debo decir, del mismo modo, que el trabajo del editor ha sido clave al momento de fraguar la versión definitiva. A todos ellos, gracias. 

Lo que le sigue a este, el premio más importante que se le otorga a un libro de cuentos en Ecuador, es transitar el mundo con la mirada atenta de un buen narrador. En mi caso, uno que miró al futuro con la misma ilusión con que imprimió y anilló un primer texto para regalarlo entre sus amigos en la adolescencia. Quizás hoy con más humildad y gratitud. 

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