Rabia

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Un cuento de Las cosas que no decimos 

Los García fueron los primeros en comprar un revólver. Nos lo confesó el mismo Rodrigo García cuando debatíamos junto a los demás vecinos cómo habríamos de defendernos. A él lo abordaron en la puerta de su casa; se llevaron su billetera y arrojaron sus llaves por la alcantarilla tras fracasar en su intento por desbloquear el volante del automóvil. A Dios gracias los ladrones no irrumpieron en la casa. Tres días después dos tipos armados le quitaron su laptop a otra de mis vecinas, también en el portal de su casa. Esa misma semana vaciaron la propiedad de los Espinoza, mientras vacacionaban, y los Alvarado despidieron a su mucama tras la desaparición de unas joyas.

Desesperados, empezamos un fondo común para comprar cercas eléctricas y un sistema de alarmas. Los Espinoza fueron más allá: colocaron cámaras de seguridad dentro y fuera de su propiedad; cada paso en el vecindario empezó a ser filmado pues otros siguieron sus prácticas. Nosotros no pudimos costearlas, pero creímos que, unidos por una causa, habrían de ayudarnos si nuestra casa o nuestros hijos eran las próximas víctimas.

Las cercas y el sistema de alarmas nos dieron una tranquilidad que se desvanecería la noche en que tres tipos interceptaron el auto de Claudio y Andrea, la pareja más joven del vecindario. Ocurrió en nuestra calle, sin ninguna discreción. Envié a mi mujer y los niños a encerrarse en la lavandería tan pronto escuché la alarma. Salí a la calle con una varilla y encontré a Rodrigo apuntando su revolver con las manos temblorosas; al señor Enríquez armado con utensilios de cocina, en tanto que los más cobardes llamaban a la policía—inútilmente, por supuesto—. Dos de los ladrones sacaron a los ocupantes del vehículo y escaparon en él. El tercero, menos ágil, quiso correr después de que lo abandonaran. Ningún vecino se aventuró a someterlo. No fue una decisión. Solo sucedió: Rodrigo apretó el gatillo. El grito ahogado de los presentes fue unísono, perceptible aun sobre la alarma. Reabrimos los ojos después del disparo, la escena nos conmocionó: el cuerpo del ladrón sobre la calzada; Rodrigo pateándolo enfurecido, ensuciándose las pantuflas con la sangre que brotaba del tórax. Lo primero que pensé al ver a Claudio acercarse es que quería calmar las cosas, decirle a Rodrigo que había sido suficiente, que el tipo estaba muerto. Me equivoqué: Claudio no hizo más que golpearlo con más fuerza.

Poco después cesó la alarma. Recogí con un pañuelo el revólver que Rodrigo había tirado y, sin advertirlo, quienes antes miraron la escena desde sus portales o ventanas, habían tomado parte: mientras unos devolvían a Claudio y Rodrigo a sus esposas, otros disponían del cadáver. ¿A quién le habría parecido buena idea tirarlo al contenedor de basura? Lo cierto es que lo hicieron y nadie estuvo en contra. ¡Era una locura!, y se los dije. «Nadie lo verá», dijeron algunos. «Y si lo hacen, les diremos que lo hicimos en defensa», añadieron otros. Nos invadió el miedo, y aceptamos medidas extremas. Minutos después del disparo el vecindario retomó la calma e hicimos un pacto de no hablar nunca de lo ocurrido.

«Volverán», dijo Espinoza en la reunión posterior al incidente. «Hay que irnos», resolvió alguien más. Mi esposa pensaba lo mismo, venía diciéndomelo desde hacía semanas: «lo que hay que hacer es irse». ¿Pero a dónde? Si esto pasa en cada vecindario desde hace tanto tiempo. Ante la angustia, la voz de Rodrigo nos ofreció remedio: «Hay que estar preparados». Hubo un instante de silencio, de duda, en que nos sobrecogió el temor hacia lo que esas palabras envolvían; hacia lo que había iniciado con el primer ladrón vencido. Pronto, Rodrigo dejó de ser el único con la certeza de que ninguno de los sistemas de defensa que instalamos bastaría.                   

Los Alvarado fueron los siguientes en comprar un revólver. «Todos se están preparando. Dicen que en el norte están usando puertas acorazadas», explicaba la señora Espinoza, decidida a seguir los pasos de los Alvarado. «No podemos dejar pasar más tiempo. Si no ahora, ¿cuándo?», agrega otro de mis vecinos y, acto seguido, coordina con los Alvarado la compra de un revólver para su familia.

Durante los días siguientes desaparecieron llantas y hubo puertas forzadas sin suerte. Las cámaras registraron todos los intentos fallidos de irrumpir en nuestras casas, pero ningún rostro que hubiésemos podido mostrar a la policía. Hacerlo habría sido inútil de cualquier forma: no podría mencionar una vez siquiera en la que la policía hubiera llegado a tiempo. Dejamos de creer en ella y en la justicia. Nosotros y todos los vecindarios.

El anonimato no era un hábito generalizado. A mi mujer le robó un tipo sin pasamontañas en el autobús, algo a lo que nos habíamos acostumbrado. «Una cosa más entre todo lo que nos han quitado, Julia», dijeron algunos a mi mujer.  La indignación no hizo más que crecer; las medidas fueron tornándose más drásticas conforme los intentos de llevarse el vecindario en peso se volvieron cosa de todos los días: nos convertimos en un barrio armado, y eso también terminó siendo cotidiano.

Al comienzo fue penoso dejar todo atrás; renunciar a la constructora y usar nuestros ahorros para hacer cambios en la casa que aseguraran nuestro bienestar. No fue sencillo para Julia salir de la universidad donde enseñaba literatura. No seríamos los primeros ni los últimos padres en abandonar sus vidas para cuidar las de sus hijos. Me encargué de que hubiera libros para ella y los niños y poder así aminorar las circunstancias. Cuando Julia no leía me miraba con tristeza porque entendía que si bien un libro puede releerse, no hay nada que reanudar en una casa cuidadosamente construida por un arquitecto como yo.

Dejamos de despertarnos en las noches: nos adaptamos a los disparos de quienes nos cuidaban acorde a los turnos planificados. Julia enseñó a los niños a ignorar los gritos de los ladrones abatidos, que clamaban por una misericordia que ellos no tuvieron con nosotros. Sin lugar para una breve inmersión en la tristeza tras perder nuestro ritmo acostumbrado de vida, nos volvimos más fuertes. La vida sucedió, y nosotros con ella.

La policía descubrió los cadáveres en los contenedores, alertados por algún miembro del vecindario contiguo, seguramente. No se puede complacer a todo el mundo con una solución. Cuando recriminaron nuestro extremismo supimos responder; narrar los episodios en que nuestra seguridad había sido amenazada; numerar las cosas que nos arrebataron; señalar los triunfos de nuestras medidas. Los oficiales se miraron entre ellos, ¿qué habrían podido refutar si su institución era un aparato obsoleto? Inmersos en el reconocimiento de su inoperancia, fueron ellos quienes se deshicieron de los cadáveres antes de que el consorcio encargado de los desechos de la ciudad lo hiciese; de que nuestras medidas se divulgaran.

Un camión de la policía dispuso finalmente de los cadáveres. Repleta la cabina destinada a la carga, uno de los ladrones abatidos cayó del camión; mis vecinos se precipitaron a él con la fugacidad de los disparos que habían dado muerte a ese y otros hombres. Pisotearon el cuerpo como a golpes de martillo; lo azotaron contra la calzada, lo reventaron hasta que no fue más que un fluido negro. Entendí, mientras golpeaban los restos óseos con sus manos, que la rabia que origina el miedo de perder a los tuyos es inagotable.

 Julia tuvo un mal presentimiento; dijo que mintiese, que fingiera estar enfermo la noche en que debía ser yo el que, con una escopeta cruzada sobre mi torso, cuidase las casas del vecindario. No atendí a su nerviosismo porque mi compromiso con la misión que reafirmábamos, en cada reunión, era genuino: quería defender a nuestras familias y propiedades.

Fin del fragmento. ¿Quieres seguir leyendo?

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La fotografía de este post es de Gregory Crewdson

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