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El bosque de la memoria

Había en el mundo una sola cosa a la que le temía de verdad: el olvido. La posibilidad de que aquellos pocos seres a los que había desnudado el alma me olvidaran, me aterraba. Porque existo—en realidad—en las memorias de aquellas personas, en los retazos de historia que incluyen bosquejos de mi imagen. De lo contrario, no sería más que un organismo ambulante, que respira, pero que no habita en el corazón de ningún ser querido; que jamás perdurará, puesto que nadie lo atesora en un recuerdo. Por desgracia, ese temor se ha vuelto realidad, y me encuentro ahora en la inmensidad del vacío; en un lugar que mis sentidos no logran asimilar: un bosque sombrío e inerte, donde la hiedra me hinca las plantas de los pies.

     Sin la más remota idea de cómo he venido a parar aquí, me adentro en el bosque. En algún rincón de mi cabeza, la sensatez me advierte que no debo continuar, pero hay una fuerza invisible que logra obligarme a seguir.

elbosquedelamemoria

     Siento miedo, no sólo por el lugar en el que me encuentro perdido, sino también porque, por alguna extraña razón, empiezo a olvidar quien soy. Entonces, en el instante en que mis pies dejan de lastimarse con la hiedra, escucho una voz.

—Me temo que tu tiempo se agota…

     Volteo, intento encontrar un emisor. Estoy consciente de que este lugar es extraño, así que ni siquiera busco una figura humana, tan solo un ente con vida.

—Has tardado mucho en entender que debías caminar y adentrarte en el bosque. Lo peor, es que tienes aún mucho camino por recorrer.

— ¿Qué es este lugar? ¿Qué hago aquí?

—Estás en un bosque que tú mismo has creado… En este lugar yacen los fragmentos de tu memoria, o lo que queda de ella.

—¿De qué hablas?

—Hay consecuencias para aquellos que no aprecian el don de la vida y la oportunidad de enmendar los errores.

     No entiendo de qué habla, pero sé que tiene razón. El dueño de esa voz me conoce, y sabe de mi pasado. Tras un par de segundos de silencio, dicta mi sentencia:

—Deberás recorrer el bosque entero, encontrar las puertas, mientras de encuentras a ti mismo.

—¿Las puertas? No entiendo nada.

—Hay cuatro puertas en este bosque; cuatro destinos, cuatro posibilidades. Has llegado aquí gracias a la primera: El comienzo. A medida que te adentres en la oscuridad que se expande entre los árboles, irás encontrando las demás. Ten cuidado, porque si atraviesas la puerta del olvido, todo se habrá perdido; tu pasado, tus recuerdos, tu identidad.

—¿Cómo se supone que distinguiré una puerta de la otra?

—Cuando algo es cierto, uno no lo sabe, lo siente. No te preocupes por eso. Sabrás diferenciarlas.

     Camino confundido entre la niebla. El viento hace que las ramas se azoten entre sí y produzcan un estruendo en el bosque entero, pero debo concentrarme, o terminaré perdiendo lo que me queda de cordura. Tropiezo, me doblo el tobillo, y para cuando dejo de rodar colina abajo y me limpio los harapos que llevo como prendas, una puerta se levanta frente a mí. Está llena de grietas, raspaduras y manchas. La perilla, sin embargo, está intacta, como si jamás hubiese sido tocada. No puede ser la puerta del olvido—pienso—No creo tener tan mala suerte como para encontrar el final cuando apenas empiezo. Sin titubeos, muevo la perilla e ingreso. El bosque desaparece.

     Estoy en un parque; la niebla se ha ido, al igual que el frío y la oscuridad. El día es soleado y los críos corren por doquier. Nadie me ve, lo sé porque si pudieran hacerlo mirarían perplejos la figura de un hombre en harapos. Parezco un mendigo y, aunque a veces la gente accede a regalarles una moneda, nadie quiere estar cerca de uno.

     A medida que recorro el lugar, lo siento más familiar. Entonces veo a un niño en shorts correr tras un cachorro mientras la madre ríe a los lejos porque sabe que no lo alcanzará. Reconozco a la mujer de inmediato, es mi madre, y el chiquillo tras el perro soy yo. Este parque quedaba a unas cuadras de la casa donde crecí. Lo recuerdo porque mi padre me traía a jugar aquí antes de que desapareciera en la guerra. Mi madre continuó con la costumbre para evitarme afecciones emocionales en mí.

     El niño deja de correr y se queda quieto, se voltea, me mira, y lo miro también. Los árboles empiezan a tambalearse y se vuelven borrosos. El panorama se aclara de nuevo, y edificios de concreto se apuestan a los lados. Estoy en un patio con jardines a los costados; es una escuela. El timbre suena y los adolescentes empiezan a bajar las escaleras con prisa. Reconozco el uniforme, estoy en mi colegio. Entonces lo entiendo, he atravesado la puerta del recuerdo.

     Veo caras conocidas, y la tristeza me invade un poco cuando veo los rostros jóvenes de quienes fueron mis mejores amigos, y que hoy, veo con la misma frecuencia con que las olas alcanzan las montañas. Me alegro de verme conversando con ellos, porque sé bien que en ese entonces existía algo que ya casi no conozco en mis días actuales: honestidad. Vivimos en una sociedad adaptada a la mentira, y lo peor, es que estamos tan habituados a ella, que ya la creemos normal.

      Mi yo joven no deja de reír, se golpea las piernas mientras sus amigos lo codean y sueltan carcajadas también. Se detiene, y siento el peso de sus ojos en mi cuerpo, todo se vuelve turbio tal como en el parque; el recuerdo se desvanece poco a poco, hasta desaparecer por completo. El olfato me trae de vuelta a la realidad, el aroma a tierra mojada se me posa en las fosas nasales y veo el bosque otra vez. Sé que no me queda más que seguir deambulando en la oscuridad, me es imposible ser valiente en un lugar tan ausente como este, así que la esperanza que llevo conmigo es muy escasa. Al menos ahora sé que me quedan dos puertas, una es incierta todavía.

     La nostalgia de palpar esos recuerdos con tanta cercanía flaquea mi espíritu, pero me motiva, ligeramente, a seguir caminando. De pronto, una puerta más se levanta frente a mí. Desconcertado por su repentina aparición, me precipito a alcanzarla, a tirar de esa perilla de inmediato y cruzar sus dimensiones sin importarme lo que oculta su interior.

     Las tinieblas se tragan mi cuerpo cuando la atravieso. No entiendo qué sucede, empiezo a sentir dolor en los huesos y ardor en la carne. Me falta el aire y siento los ojos hinchados. Entonces viene lo peor: Tropiezo hacia una superficie que no puedo ver, pero que mi cara comprueba al embestir. Unas manos invisibles me toman por el cuello y me oprimen la garganta con una fuerza tal que no me permiten soltar ni el más bajo aullido. El dolor se ha apoderado de mi cuerpo, y trato, en un intento por alejarme de esta realidad que supuestamente he creado yo mismo, de recordar los instantes que viví en la puerta del recuerdo, pero no puedo, se han borrado, se han ido junto con todo lo que habitaba en mi memoria. Lo entiendo, y es evidente, he ingresado por la puerta del olvido.

     Con el último soplo de vida que me queda, musito:

—Merezco una segunda oportunidad…

     La voz que me sentenció a perderme en este bosque, murmura:

—¿De verdad crees merecerla?

—Prometo rehacer mi vida a como dé lugar, pero por favor, libérame de esto, permíteme volver—suplico—. Dame una segunda oportunidad.

—Tú eres el dueño de tu destino—dice en voz baja—, que esto te sirva para nunca más intentar algo tan cobarde. Lo importante es que te has encontrado contigo mismo aquí…

     El dolor cesa y la fuerza de esas manos frías en mi cuello se esfuma. Puedo volver a respirar, y logro sentir mis extremidades. Se me escapan las lágrimas, sollozo mientras me tiemblan las manos. Recuerdo que se me ha otorgado una segunda oportunidad, entonces, me decido a ser fuerte, me armo de valor con la misma tenacidad que resistí la tortura de la puerta del olvido. Abro los ojos, los abro y me encuentro con la ciudad a mis pies, estoy en el filo de una cornisa en lo alto de un edificio, con el cuerpo helado y los huesos entumecidos. Veo autos cruzar la avenida y a la gente seguir sus caminos. Retrocedo y me alejo de ese intento espantoso de darle fin a mi existencia. Me aparto del abismo y me encuentro con una puerta más, ya no en el bosque, sino en la terraza en la que he despertado. “El regreso”, advierte el letrero colgado. Cruzo entonces la última puerta.

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Compra mi nuevo libro, “On the road to dreams” aquí: COMPRAR

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Entrevista en “La Redso” de Radio City

Les dejo una parte de la entrevista que me hicieron en el programa radial La Redso de Radio city el pasado miércoles 11 de julio. Conversamos, entre otras cosas, del lanzamiento de “On the road to dreams”, que ese mismo día consiguió convertirse en trend topic nacional, alcanzando el segundo lugar.

<p><a href=”http://vimeo.com/45619939″>Entrevista en La Redso de Radio City</a> from <a href=”http://vimeo.com/jorgevargas”>Jorge Vargas Chavarr&iacute;a</a> on <a href=”http://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

#ontheroadtodreams

¡Mi segundo libro!

Quienes me conocen de cerca saben cuánto he estado esperando poder publicar de nuevo, y esa espera ha terminado. Es con enorme alegría que hoy anuncio que en las próximas semanas estaré presentando mi nuevo libro, el cual empecé a escribir en enero y terminé en marzo, de este año. En abril, revisé el libro, y posteriormente, lo revisaron y editaron dos personas más. A finales de abril, el libro estaba listo y en la primera semana de mayo ya lo había corregido por completo. Las semanas siguientes empezaron los trámites necesarios, y todas estas actividades me impidieron siquiera plantearme escribir algo para el blog durante todo el mes de mayo.

Durante el transcurso de esta semana, el libro estuvo ya listo por completo, incluyendo la portada y hasta el más mínimo detalle. Por lo que la próxima semana inicia el proceso de impresión. En fin, sin más preámbulos emotivos, les contaré todos los detalles respecto a éste, mi segundo libro.

Primero que nada, el libro está en inglés. Los motivos por los que decidimos que este libro fuese publicado en inglés fueron varios. Existen diversos proyectos tras la publicación de esta obra, que aspira a ingresar a programas de academias e instituciones de enseñanza del idioma inglés, así como colegios y otros. Además, el libro será enviado a librerías en otros países, y estará disponible en versiones digitales en varios sitios web.

El título del libro es “On the road to dreams” (En el camino hacia los sueños) y germinó en un estado de mi vida en el que me siento así, que estoy poco a poco logrando cosas con las que he soñado desde niño. Sin embargo, se debe también a la historia que cuento en el libro, que nada tiene que ver conmigo, pero que guarda ciertas referencias personales.

“On the road to dreams” es el primer libro de una trilogía. Que espero publicar con el tiempo, y de la cual, empiezo a bosquejar ya la segunda entrega. “On the road to dreams” es una historia sobre los sueños de dos jóvenes que se conocen en ese camino que han decidido emprender tras las metas que atesoran. Clara es una bailarina de ballet, es una muchacha talentosa, hermosa, y dueña de un futuro prometedor, aunque ella misma se subestime. Bruno, el otro protagonista, es un músico y guitarrista apasionado, cuyos padres, a diferencia de los de Clara, desaprueban por completo los objetivos que tiene para su futuro. Sus vidas se entrelazan y logran entender que ambos tienen algo en común: la pasión por las cosas que hacen. Y es esa pasión con la que se escribe esta historia.

Estaré presentando el libro a finales de junio, y me encargaré de que esté a la venta en la mayoría de librerías de la ciudad de Guayaquil, así como en otras ciudades, en la medida de lo posible. ¡Espero contar su apoyo! Porque necesitaré mucho apoyo para lograr todas las cosas que aspiro.

Estoy trabajando en el blog dedicado al libro, que habilitaré pronto, por ahora, les dejo la portada del libro que estuvo a cargo del talentoso ilustrador quiteño Edgar Toro.

Gracias a quienes me acompañan en este camino. A quienes me leen desde “La espada de Sorton” y saben lo que significa para mí escribir.

©2012 Jorge Vargas Chavarría. All rights reserved.

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El cuentista

Había pasado una semana desde el funeral de mis padres, quienes habían fallecido en un accidente automovilístico. Todavía no me recuperaba del suceso, pero la corte había decidido ya mi destino. Durante mis quince años de vida había pensado que mi familia empezaba y terminaba con mis padres, puesto que jamás me habían presentado a ningun otro consanguíneo. Pero resulta que no, que había un último familiar regado por el mundo; lejos, pero dentro del país.

Tras la muerte de mis padres, fui enviado a vivir con el único pariente vivo que me quedaba, un hombre cuyo rostro no conocía, ni quería conocer: mi abuelo paterno. Hubiese preferido quedarme solo y recibir dinero del gobierno para subsistir mientras alcanzaba la mayoría de edad, pero bajo mi condición de mocoso, eso no lo podía decidir yo.

Con la compañía de mi luto, emprendí el viaje desde la capital hasta Córdoba, en el campo argentino. Tras casi un día de viaje en bus, llegué por fin a la estación de Belgrado. Agarré mi mochila y mis maletas, y saqué de mi bolsillo el arrugado papel en donde había anotado la dirección de la granja adonde debía llegar y presentarme como nieto.

Llegué a la granja a la hora del atardecer, cuando el sol hacía de los sembríos de arroz un panorama naranja y brillante. El olor a tierra mojada y el sol me recibieron en el sendero lleno de hojas de otoño. Vi la granja a lo lejos y a los cerdos revolcarse en el lodo. Parecía haber llovido la noche anterior, a juzgar por la humedad del suelo.

Debo admitir que estaba inseguro, no solo de estar en el lugar equivocado, sino también de cuál sería el rumbo de mis días. Detestaba el hecho de dejar la ciudad para irme al sucio y hediondo campo que tanto había odiado siempre. No tenía elección alguna, era vivir en el campo bajo las limitaciones de una apartada granja, o hundirme en el abandono de un orfanato durante tres años. Sin más vacilaciones, golpeé la puerta de madera.

El hombre que abrió la puerta tenía la frente llena de surcos y una abultada nariz. Me miró a los ojos con conmoción, como si tuviese un fantasma en frente.

—Buenas tardes— dije—. Mi nombre es Gael.

—Eres el vivo retrato de tu padre—dijo el hombre.—Lamento que tengamos que conocernos bajo tan terribles circunstancias.

—¿Usted sabe del accidente?

—Sí, hijo, lo sé—responde con la voz apagada. — En todo caso, bienvenido.

Hubo compasión en sus palabras, refugio, incluso aliento. Tenía la habilidad de percibir los sentimientos de la gente, y a veces, revestirme de ellos. A decir verdad, fue un buen primer encuentro, pero no quería dejarme llevar por la primera impresión. Lo más probable es que mi abuelo era un buen hombre, pero si lo era, no quería convencerme de ello sólo por su acogedora bienvenida, quería juzgarlo con el transcurrir de mi estadía, si es que en algún sentido era correcto juzgarlo.

Había llegado mientras mi abuelo cocinaba la cena, así que el olor a guiso abundaba por la casa. La vivienda cimentada en el campo estaba construida con madera en su totalidad. El piso, las paredes y el techo, eran todos de madera gruesa y compacta. El abuelo me ayudó con mis maletas, y noté de inmediato la energía del vetusto al subir las escaleras sin esfuerzo. Estaba viejo, pero concervaba una fuerza que ni yo poseía en ese entonces.

Me guió hasta un dormitorio contiguo al baño, y me explicó que era el designado para mí. Me preguntaba en ese instante si había alguien más viviendo allí, y como si hubiese leído mi mente, me aclaró que vivía solo desde hace algún tiempo.

Acomodé mis bultos en la habitación y colgué mi ropa en los armadores estropeados por el óxido. Temí que mis camisetas se mancharan, pero recordé que no tendría a quien lucirlas en la lejanía en la que me encontraba. El tema terminó por serme indiferente. Salí de la habitación y bajé las escaleras, paseé la mirada por la sala y me llamó la atención la chimenea; no había visto nunca una encendida.

—Gael, ven por favor, vamos a cenar.

Entré en la cocina siguiendo el aroma a carne cocida, y allí me esperaba el abuelo con los platos en la mesa y el vaso de jugo de toronja empapando el mantel. Todo se veía delicioso.

—Gael, quiero que sepas que lamento muchísimo lo de tus padres, y espero que con el tiempo se alivie tu dolor— dijo en tanto se hubo sentado frente a mí. —No hay consuelo para el duelo más que la resginación. Yo conozco de cerca el sufrimiento causado por la muerte del ser querido, porque lo he vivido y he palpado su suplicio. Además, recuerda que es también un hijo mío el que ha muerto.

—¿Por qué no fuiste a su funeral?—pregunto de inmediato— ¿Por qué nunca supe de tí, sino hasta ahora?

—Porque tu padre así lo quiso, porque para él su padre había muerto mucho tiempo atrás. Pero no creas que no lloré su muerte en la soledad de esta granja. Lo lloré, y mucho, más que nada porque nunca pude darle un abrazo de nuevo. Lo más seguro es que lo siga llorando por algunos días más.

Entendí que el abuelo estaba devastado, igual o más que yo, que trataba de luchar con mi dolor y convencerme de que llorar no me serviría de nada. Después de todo, reconocía en mi interior lo vulnerable que estaba en esos momentos, pero reconocía también que quería mentirme a mí mismo y verme impecable ante el espejo. La gente es lo que nos vemos detrás de la verdad, siempre hay algo más, que nadie más que uno sabe. Somos—como decía mi madre—lo que callamos.

Cenamos y cambiamos de tema. El abuelo me contó un poco de su vida y de la granja que había levantado con sudor y sacrificio junto a la mujer que había amado y visto partir hace tres años. Me contó que era procedente del sur de Chile, y que había terminado en el norte de Argentina por cosas de la vida. Su familia entera se había quedado allá, y considerando la ignorancia de su pueblo, habían perdido contacto hace años.

Esa noche me acosté pensando en todo lo que había sucedido en el transcurso de mi llegada. No entendía bien por qué, pero me sentía a salvo; me sentía en casa. Quizás era la hospitalidad con que había sido recibido y la exquisita cena que me había ofrecido el abuelo luego de quince horas de viaje en bus sin probar bocado. Fuese lo que fuese, esa noche concilié el sueño que no había tenido en días, acostado en una cama con sábanas limpias y bajo el techo de un hogar construido con amor.

No había cortinas en la ventana de mi alcoba, así que los primeros rayos del sol de la mañana me golpearon a la cara y me hicieron despertar. Para cuando me acerqué para mirar, los gallos cantaban y el ganado se alzaba al mismo ritmo del sol. Parecía que lo de madrugar en el campo no era un chiste, o una simple noción rural. Me refregué los ojos para aclarar mi visión, y entonces vi al abuelo arando junto a los sembríos de arroz que había visto al llegar. Llevaba la camisa mojada, así que lo más seguro es que llevaba un buen rato en aquella faena.

Bajé las escaleras para saludar al hombre que me había recibido con hospitalidad y me había brindado una cama. Había un par de botas en el pórtico de la casa, así que me las puse para poder cruzar la tierra mojada y las heces bovinas.

—Buenos días…

Titubeé un poco al saludar porque aún no sentía confianza para llamarlo abuelo.

—Buenos días, muchacho —dijo en un tono contento. —¿Te han picado los mosquitos?

—No, ninguno.

—Suerte de recién llegado. Cuando termine aquí prepararé el desayuno, ¿quieres ayudarme a labrar la tierra? Se acerca la mejor época del año.

—La verdad no sé nada de eso, jamás he sembrado nada. Y tampoco me entusiasma mucho el tema.

—Sólo tienes que palpar la tierra y revisar que no hayan hierbas o restos de otros cultivos. Te servirá mucho aprender eso.

El abuelo era muy persuasivo, y me convenció de ayudarle en el trabajo de labrado. Terminé untando mis manos en el lodo y sudando tanto como él. Mientras trabaja, recordé una de las cosas que más me preocupaba: ¿adónde diablo terminaría la secundaria? El apartado granero no parecía tener colegios aledaños, ni siquiera una farmacia o una tienda de abarrotes. En el primer descuido,  un bicho me mordió en la palma de la mano mientras tenía ésta en medio del lodo. Tan pronto como sentí el ardor en mi piel me incorporé y sacudí la mano hasta que el animal se desprendió de mi palma.

El abuelo empezó a reírse y secarse el sudor de la arrugada frente con una franela. Su respuesta sólo consiguió enfurecerme.

— ¡¿De qué te ríes, viejo estúpido?! Me ha picado este bicho asqueroso y tú te ríes. Jamás debí venir a este sucio granero—grité, mientras me sangraba la mano. —No sé qué estaba pensando cuando acepté ayudarte.

Dejé las herramientas de sembrado tiradas, y me retiré sosteniendo mi mano sangrante con la otra. El abuelo recogió los utensilios y se dirigió a mí con arrojo.

—Eres igual a él…

Me detuve al escucharlo. No lo miré, pero escuché con atención cada una de sus palabras.

—Eres igual al engreído de tu padre. Odiaba su origen y renegaba del oficio de su familia.

Me volteé de inmediato con la rabia como motor de mis pasos.

— ¿Cómo te atreves a meterte con mi padre?— pregunté lleno de ira hacia el anciano. —Si abandonó este lugar habrá tenido sus motivos.

Luego de una mirada llena de coraje, retomé mi camino hacia la casa. Tenía planes de tomar mis maletas y escaparme de un lugar al que había llegado por cosas del destino, y no por elección propia. Sin embargo, en cuanto entré a la casa golpeando todo, apartando las cosas de mi camino, el abuelo me tomó del brazo con tal fuerza que creo que brotó más sangre de mi mano.

—Lo siento, muchacho. Discúlpame por haberte hablado así. Acabas de llegar y no quiero que creas que soy un viejo y loco campesino que lo único que sabe es matar gallinas y lanzar escupitajos.

—¿Qué te hace pensar que me quedaré?

—El hecho de que estás obligado a estar aquí—contesta con certeza. —Eres menor de edad y no puedes regirte a los instintos de tus jóvenes hormonas. Así que estoy seguro de que con el tiempo llegarás a lidiar con el temperamento y los defectos de este burdo veterano.

Accedí a quedarme porque no tenía un peso para volver, y porque también reconocía que me hubiese perdido en medio del monte y las mugrosas sanguijuelas que ya me había tocado conocer. De cualquier forma, desayuné con el abuelo, claro está, sin cruzar mayor palabra más que para pedirnos la salsa o una servilleta. Entre las casi nulas actividades existentes en esa casa, llegó la tarde, lo supe por el viejo reloj cucú que colgaba en la pared de la chimenea. Y fue allí que conocí el otro lado del anciano. Junto a la chimenea se encontraba una biblioteca con finas puertas, de madera también, que escondían los libros de las polillas. En ella había varias decenas de libros, tantos, como para educar a una clase entera. El abuelo sacó un par de ellos y se sentó en el sofá más holgado de la sala. Yo estaba en el del frente, mirando como los abría y los cerraba como si pudiera leerlos al instante. Lo más probable es que trataba de decidirse entre alguno de ellos.

—Estos libros viejos y empolvados son la mejor herencia que me dejó tu abuela. Y, de una forma muy compleja, creo que también me ató a ella con ellos. Me hizo leerlos, varias veces, y así sembró en mí la lectura. Algunos son tan viejos que incluso fueron leídos a tu padre en las noches de su infancia. Algunos fueron heredados a tu abuela, y otros fueron regalados por amigos de la vida.

Escuché sus palabras con atención, más que nada por la franqueza que percibí en ellas. Me levanté y me acerqué a la biblioteca, quité un poco de polvo con los dedos de mi mano sana, pues la otra la tenía con una gasa envuelta. Mis curiosos ojos encontraron un cuadernillo grapado y enmendado, apolillado, como si en ocasiones hubiese sido olvidado. Pero lo que más me había cautivado de él, era que estaba escrito a mano, así que el autor de esas líneas vivía bajo el techo de esa casa de campo. Tomé el cuaderno entre mis manos y una hoja se escapó del anillado. Mi abuelo se acercó en silencio y recogió la hoja del suelo.

—Hace mucho que no veía ese cuaderno… —dijo. —Hace mucho que dejé de escribirlo…

—¿Tú lo escribes?—pregunté con asombro.

—No desde que murió tu abuela hace tres años. Desde entonces lo tengo archivado entre los libros que leí junto a ella por las noches.

Miré a mi abuelo con admiración, pues me di cuenta de que me quedaba mucho por conocer de ese hombre. El abuelo se sentó de nuevo en el mueble y esta vez me senté más cerca de él. Se puso el cuaderno en el regazo y pasó las páginas con cuidado; estaban marchitas como las rosas descuidadas, pero guardaban un significado íntimo y afectivo para el anciano que las leía con anhelo.

—¿Desde cuándo lo escribes?

—Desde hace mucho—me respondió. —Décadas, diría yo. Es como una historia que escribo con el tiempo. No es el primer texto que escribo; debe haber una caja llena de hojas con mis cuentos en el desván. Los escribí cuando tu abuela estaba viva, ella era mi única lectora, la única que conocía lo que escribía, y la única que me llamaba cuentista—explicó con una voz sollozante. —Creo que seguiré escribiéndolo, quizás al escribirla pueda recordarla con detalle y dejar guardado entre las líneas un recuerdo permanente del amor que tuve por tu abuela.

No sabía qué decir, había presenciado una escena que tal vez el abuelo no quería proyectar hacia otros. Había soltado sus palabras como una confesión personal y necesaria que había estado esperando el turno de flotar en el aire.

—Sigue escribiéndolo, abuelo, porque me gustaría poder ser yo ahora un lector de tu cuaderno.

Aquellas palabras brotaron de forma espontánea. Sentí, por un instante, que aquel hombre y yo realmente compartíamos un vínculo. El abuelo levantó sus ojos hacia mí y se aclaró la voz un poco. Era la primera vez que le decía abuelo, y que establecíamos una corta pero inalterable conexión personal. Tal vez se debía a que se habían desnudado sentimientos reprimidos. Esa noche, el abuelo preparó chocolate y una tarta de maíz. Cenamos juntos en la cocina, y los inciensos que me había hecho colocar en la casa, ahuyentaron a los inquietos zancudos nocturnos. Cuando terminamos, el abuelo se sentó cerca de la chimenea y empezó a escribir en el cuaderno. Llevaba sus lentes puestos y su mirada apuntaba a la hermosa caligrafía con la que trataba de escribir. Me inquietaba el contenido de ese cuaderno, y los cuentos que supuestamente permanecían en un cartón viejo del desván.

Los días siguientes transcurrieron entre el sol del campo, la pestilencia de los animales, las jornadas de trabajo, la deliciosa comida del abuelo, ratos alegres, y oportunidades de charlar. Nos conocimos más el uno al otro, y así el abuelo me fue contando anécdotas de años felices bajo la sencillez y armonía del campo, donde había vivido durante sus seis décadas.

En una noche de desvelo, me atreví a colarme en el desván. El lugar estaba lleno de adornos viejos, vajillas, muebles, cuadros, y entre todos los cacharros se escondía la caja, llena de hojas amarillas, como prueba del tiempo solitario. Leí los cuentos del abuelo, los leí uno a uno, lento y atento, conocí los personajes que habían marcado su vida, porque indudablemente eran todos autobiográficos. También, entendí que había amado a su único hijo, y a la nuera que este le había presentado cuando estaba embarazada. No cabía duda de que el abuelo había conseguido atraparme, el texto me acorraló y no me soltó hasta que digiriera hasta la última letra. Entendí por qué mi abuela había decidido llamarlo El cuentista, y reconocí que para mí el abuelo también llevaría ese referente, pues cocía sus historias con el hilo de un espíritu rebelde.

El tiempo ayudó a que con el abuelo consiguiéramos soportarnos los defectos. Creo que nos unía un poco el coraje y el orgullo, que a lo mejor venía en los genes. Creo que el abuelo tenía un concepto para el libro que había empezado a escribir años atrás, y que desde mi llegada había retomado para terminar. El cuaderno significaba un recorrido por su vida.

Acepté que mi estadía sería prolongada, así que terminé la secundaria en un colegio que estaba a un par de kilómetros de distancia, y me crié en la granja por el resto de mi adolescencia. Lo suficiente, para presenciar la noche en que el abuelo me informó que había terminado el libro y que deseaba que fuese quien recorriera sus páginas con inquietud e intensidad. Y así lo hice, y porque llegué a conocer al abuelo a través de la historia de su vida, y presenciar la maravillosa persona que fue, lloré su partida junto a todo el pueblo.

Han pasado varios años ya desde que el abuelo falleció y me dejó el manuscrito de su libro. Siento, tras los días vividos junto a él, que soy también un pedazo de memoria, y que represento una hoja más en el árbol de su vida. Las mejores herencias que pudo dejarme aquel anciano, fueron dos: la experiencia de haberlo conocido de verdad, y el cuaderno que más que una historia, fue un inventario, con enmendaduras y aciertos, de una vida feliz.

Jorge Vargas Chavarría

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Foro de jóvenes escritores ecuatorianos

Queremos tener una oportunidad para integrarnos y demostrar que hay jóvenes talentosos inmersos en la literatura ecuatoriana, así que el miércoles 25 de abril a las 18h00 se llevará a cabo el foro de jóvenes escritores que organizo junto a Andrea Morán Kontong y Michel Terranova. El evento tendrá lugar en la librería Libri Mundi del centro comercial San Marino.  Están todos invitados, lectores y escritores. ¡Ven y acompáñanos en esta noche llena de letras! 

Para más información, escríbeme: jorgevargasch@gmail.com

O contáctame a través de Facebook y Twitter.

 

La gitana de Tánger

Ya pasaba la barrera de los treinta, tenía un buen empleo y la experiencia de un veterano. Había heredado la morada de sus padres en Sevilla, y vivía allí desde hace poco, lo suficiente para contar ya con un par de amigos de fiar. Le preocupaban pocas cosas en la vida, y trataba de llevarse los días bajo la mayor simplicidad posible. Era un tipo tranquilo, de esos que viven y dejan vivir. De esos que cumplen con sus labores, y siguen la rutina sin mayor reproche. Del amor no se quejaba, había estado con españolas y extranjeras; desde italianas con las que se entendía a medias, hasta danesas con las que difícilmente cruzaba una palabra acertada. No obstante, su actual compañera era la soledad. Se había enfocado en otros campos, y aquello no le representaba mayor malestar.

En realidad, sí había algo que le causaba desazón, pero como ese algo había estado con él desde su nacimiento, ya había aprendido a lidiar con el detalle. Un detalle no tan irrelevante, no más que su nombre. Sus padres lo habían llamado Cornelio. Pero él jamás se presentaba así, odiaba ese nombre, y no lo había cambiado en el registro de estado únicamente por evitarse el papeleo. De todos modos para sus amigos y familiares era Manuel, el cual era en realidad su segundo nombre.

—Venga Manuel, que la noche es joven,—dijo Marcus, un colega de mediana estatura, ojos hundidos y cejas marcadas.

Manuel había salido con unos amigos a tomarse unas copas. Era el último día de enero y Roberto había sugerido salir al bar que habían visto de lejos varias veces.

—Parece ser un buen lugar—dijo Roberto cuando hubieron entrado al local.

—Sentémonos cerca de la barra—sugirió Manuel.

Una vez en sus asientos, revisaron el menú de bebidas, se quitaron las chaquetas y las colocaron en los espaldares de sus sillas. La camarera les dio la bienvenida y esbozó una sonrisa coqueta al trío de hombres treintañeros. 

Con el pasar de los minutos y de las botellas también, Marcus les contaba sobre lo complicado de la vida matrimonial. Sus anécdotas eran tales que Roberto se convencía cada vez más de lo infructuoso que era el matrimonio. Manuel seguía callado, trataba de dibujarse en la cabeza la horrible mujer que Marcus describía. Llegó el turno de Roberto, quien narró que estaba por llegar al matrimonio, llevaba años de relación con Valeria, y el matrimonio estaba a la vuelta de la esquina. Se amaban, pero en ocasiones, como ésta, Roberto se la pensaba dos veces.

—¿Qué hay de ti, Manuel?

—Pues, ya saben que desde que entré a trabajar a la firma no he consumado amor alguno. Ya tocará mi turno de contar mis buenas y malas experiencias.

—Bueno, disfruta la soltería cuanto puedas – dijo Roberto.

Los amigos se habían pasado un tanto de copas, mas no lo suficiente para perder la razón. Había lloviznado, se notaba en la acera. El auto de Marcus estaba a tres cuadras, así que debían caminar. Pasaron por varios almacenes y despensas en su corto recorrido, y cuando estuvieron por bajar la vereda próxima a los autos, Roberto se detuvo en un singular umbral, cuyo rótulo anunciaba: A súa sorte pode cambiar.

Marcus y Manuel regresaron por Roberto, que intentaba mirar a través de las finas cortinas de colores detrás del vidrio de la ventana. La habitación del interior estaba totalmente oscura, pero el fisgoneo, el alcohol en las venas y la extravagancia del lugar convocaban su mirada.

—¡Roberto! ¿Qué esperas?—exclamó Manuel un tanto enojado.

—Este lugar es de una gitana; de esas mujeres que te dicen tu fortuna y te leen las palmas de las manos.

—Parece que la cerveza te ha hecho efecto, hombre—aseguró Marcus—Vámonos ya.

—Quiero entrar, siempre me han dado curiosidad estas cosas.

—¡Estás loco! Este local está cerrado. Es más de media noche—aseguró Manuel.

La puerta verde y gastada rechinó, y se abrió lentamente. Se atascó con el piso de madera, y una mano emergió de entre las tinieblas. Era una mano femenina, delgada, blanca, de dedos largos y uñas afinadas, pintadas de un coqueto color rojo. Llevaba alhajas doradas y anillos bañados en bronce. Los hombres aguardaron por presenciar una figura, pero lo único visible a sus ojos fue esa mano de mujer que luego quedó cubierta por la manga de un vestido de seda.

—El local está siempre abierto, pueden pasar, si están dispuestos a aceptar la que sea su fortuna—dijo la voz madura, clara, y con un acento extranjero.

La etérea mujer aún no se materializaba frente a los hombres, omisos ante la misteriosa dama cuyo rostro aún desconocían.

Casi de manera involuntaria, Roberto dio un paso en el local, esperó ver la habitación, pero la mujer no había encendido la luz. Sin embargo, los destellos de una vela en el fondo del corredor alumbraron las maderas del suelo y por lo tanto su camino. Marcus y Manuel le siguieron, haciendo rechinar su paso aunque intentaron evitarlo. Su entrada se sentenció con un portazo. Estaban adentro, y dispuestos a aceptar la que fuese su fortuna.

Olía a incienso de canela, y en las paredes de la derecha habían vestidos terminados, con lentejuelas y encajes coloridos. Habían también tejidos de seda tirados en el piso, y otros colocados sobre los muebles. El aroma a canela se tornó en rosas, y también en jazmín. Los olores eran variados, pero exquisitos. Fuertes, tanto como para desorientar un poco a los nocturnos caballeros. Pero entre las fragancias y las velas se escondía la maldad. Manuel llegó primero a la habitación del fondo, Roberto y Marcus se retrasaron un poco por mirar los cuadros de playas marroquíes, pintados en óleo y colores tierra.

—Buenas noches, caballero—musitó la dama sentada tras la mesa redonda. —Bienvenido.

—Buenas noches— titubeó Manuel al sentarse.

—Ya que está sentado, supongo que está dispuesto a ser el primero.

La mujer llevaba un pañuelo oscuro en la cabeza, el cual tenía diminutas lentejuelas incrustadas como adorno. Tenía el borde de los ojos pintados de tal manera que su mirada se volvía fuerte y seductora. Sus labios eran finos, y simétricamente colocados en su pequeño rostro.

—¿Dispuesto a qué?—preguntó Manuel, un tanto más consiente.

—A que dicte su fortuna, su destino, lo que el futuro le depara.

Roberto y Marcus aparecieron tras el espaldar de la silla de Manuel.

—¿Es usted marroquí? – preguntó Marcus sin siquiera saludar.

—Buenas noches, señor, y sí, soy de Marruecos, de Tánger, una pequeña ciudad al oeste del estrecho de Gibraltar.

—Lo supuse por las pinturas.

—Son creaciones de mi hermana, con quien aprendí el español y el gallego. Pero bueno, están aquí, ¿no? Permítanme seguir con mi trabajo.

Y regresó su impetuosa mirada a Manuel, subyugado en esa silla. Mudo, pero atento a los movimientos de la mujer.

—Noto recelo en tu mirar, no confías en mí, ni tampoco en mis habilidades. Aún no has visto nada, pero ya me juzgas en lo profundo de tu mente—dijo la gitana de cabello negro y figura bien lograda.

—No es eso, es sólo que nunca había hablado con una gitana, y no estoy seguro de contarle mis cosas personales…

—No es necesario, lo he visto ya, allí en esas esferas castañas que llevas en el rostro. Ahora, te pido por favor que tomes estas cartas y las muevas al azar, cámbialas de posición hasta que creas conveniente. Luego distribuye el mazo en cuatro partes, y de cada una, retira una carta.

Manuel siguió las instrucciones que había escuchado con atención. Terminó el procedimiento y colocó cuatro cartas boca abajo, frente a la gitana. La mujer volteó las cartas con gracia, haciendo sonar sus alhajas al chocarse entre ellas. Roberto y Marcus permanecieron de pie, admirando la escena.

—Estás solo ahora, ¿no es así? Pero no por mucho tiempo, te lo garantizo.

—¿A qué se refiere?

—¡Al amor, a qué más!

—Sí, es cierto, no estoy con nadie ahora.

—Ah… varón soltero…—susurró la gitana.

Manuel sintió un espasmo en el estómago, se palpó con las manos y paseó la mirada sobre la mesa de mantel rojo. Devolvió sus ojos a la gitana y le pareció ver a alguien conocido, pero no lograba descifrar de quién se trataba. Marcus y Roberto se miraron entre ellos, desconcertados por la misteriosa forma de hablar de la dama vestida de sedas. Manuel aguardó a escucharla de nuevo.

—Sí, lo veo todo bien claro. Y también veo lo que te espera.

—¿Mi futuro? A eso se refiere, ¿no es así?

—El amor… la mujer… la conoces… —recitó.

—¿De qué habla? No le entiendo.

—Has conocido ya a la mujer que te amará, o la conocerás en los próximos días. En tres días concluye la semana, y tu tiempo para hallarla con ella. Tienes tres días para encontrarla…tres días y no más.

— Pero… ¿de qué está hablando? ¿cómo puedo conocerla en tres días?—preguntó Manuel exasperado.

—Tus cartas han sido leídas, y tu fortuna ha sido dictada. Acéptala, y encárgate de cumplirla.

— ¿Cómo que se encargue de cumplirla? ¿No se supone que aquello es seguro?—intervino Roberto desconcertado.

—Hay un precio por querer conocer el destino antes de que este suceda. Hay consecuencias para quienes alteren el orden de los hechos. Una vez que dicto una fortuna, el cliente debe encargarse de materializarla—explicó la gitana. —Es tarde ya. Lo siento si también querían que les leyera las cartas, pero estoy cansada.

Manuel estaba perplejo, y si bien al inicio de la lectura mostraba desconfianza, ahora estaba desconcertado por la seguridad de la gitana en su dictamen. Le creía, y no podía explicarse a sí mismo por qué. ¿Lo había hipnotizado con el aroma de sus decenas de fragancias? ¿Qué le había hecho cambiar de opinión?

Para cuando hubo vuelto en sí, la gitana estaba de pie, acomodando el tarot y limpiando una vajilla de cristal sobre la consola a la derecha. Manuel se incorporó, y tanto Marcus como Roberto trataron de guiar a Manuel a la puerta. Los hombres miraron con temor a la dama que los había recibido en su morada al filo de la madrugada, pero que los había expulsado minutos después con elegancia y cortesía. No hubo tiempo para preguntas o respuestas. Marcus conservaba un poco la razón y entendió que lo mejor era retirarse.

La mujer no los despidió, ni tampoco les llevó a la puerta. Sus modales marroquíes se habían quedado en la mesa de mantel rojo. Las tablas rechinaron una vez más, y la puerta se cerró con un leve portazo. Los hombres se alejaron de la puerta y caminaron sin mirar atrás. El sonido de las lentejuelas y las alhajas se esparció por el oscuro vestíbulo que los hombres habían cruzado al entrar. La gitana estaba allí ahora, mirando a través de la ventana, con sus finos párpados pestañeando y sus labios encogidos.

—La maldición ha sido lanzada…

Jorge Vargas Chavarría

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El cuaderno de un nómada

La música había marcado mi destino. Estaba seguro de que mis canciones me acompañarían siempre, pues las componía con el corazón. Aquel era un placer que mis padres no lograban entender, y con cada nota que mi creatividad conseguía originar, un alegato venía en mi contra. Pero esa era mi verdadera pasión y estaba decidido a seguir con ella, al fin y al cabo, se trataba de mi vida.

Había terminado el colegio hace poco, y me encontraba en esa etapa de decidir mi futuro. Sin mayores motivaciones ni orientaciones, no lo había decidido todavía. Pero el corazón me aconsejaba, y su guía me otorgaba pistas.

Escribo desde un terminal de buses, mientras espero la línea 138. Desde que me fui de casa llevo este cuaderno, y aquí escribo lo que siento, lo que pienso, lo que vivo, mis experiencias, mis alegrías, pero también mis tristezas.

¿Que por qué me fui de casa? Porque por fin decidí mi futuro. Abandoné el hogar de mis padres para dedicarme a la música. Me llevé de casa mi ropa, mi guitarra, el cuaderno, y el dinero que había ahorrado durante meses.

Decidí recorrer el Ecuador con mi música, viajando de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, de bar en bar. Llevaba conmigo la esperanza de volverme conocido, de encantar con mis canciones, de producir emociones con mis letras, y de tocar corazones. Esperaba mucho tal vez, o quizás era ambicioso con mis sueños.

La línea 138 me llevará a Salinas, la doceava ciudad que visitaré en este viaje que decidí emprender en busca de mi destino, con poco dinero en el bolsillo y las canciones de un muchacho soñador. Estaba en Guayaquil, y allí había conocido a una fotógrafa que más bien debería ser la fotografiada. Era muy hermosa, muchísimo.

Su nombre era Leire, tenía 18 años, era guayaquileña, amante de la fotografía, creativa, pero probablemente lo que más me había cautivado de ella era su forma de pensar. Miraba la sencillez de la vida con complejidad y escudriñaba con paciencia los detalles. Sus ojos apreciaban el impacto visual de las cosas, se maravillaba con una escena que para otros pudiera haber sido lo más normal y sencillo del mundo. Tenía el innato ojo de una fotógrafa, y el criterio de alguien con una amplia experiencia.

¿Que dónde nos conocimos? En el camino, en esa búsqueda, en ese sendero al destino de nuestras vidas. Pero para ser más exacto, y menos metafórico, en un bar llamado Bosque; el lugar más surrealista que he visitado, y por lo tanto, uno de mis favoritos.

Estaba tocando en el bar, cantando para un público que muy pocas veces me notaba, pues se distraían con vasos llenos de alcohol. Ella estaba allí por una razón que sólo un creativo entendería. Estaba buscando escenas que capturar, momentos que merecieran ser atrapados para la eternidad; escenas perfectas, escenas complejas.

Cerré mis ojos mientras interpretaba, hice una nota alta y mi voz pareció llamar la atención de un par de mujeres. Abrí mis ojos, y el flash que Leire olvidó desactivar me llamó. Seguí cantando, pero ahora con los ojos bien abiertos, mirando a esa muchacha pelirroja que sólo tenía un vaso con agua en la mesa.

Ya no estaba en el escenario cuando vi que Leire se iba. Me acerqué, la saludé, me miró sin hablarme, y le pregunté por qué me había fotografiado. Me dijo que le habían gustado mis canciones, y que me tomó una fotografía para recordar que alguna vez me vio en vivo, pues estaba segura que tenía futuro en la música.

- Es tal vez el mejor cumplido que me hayan dicho – le dije.

- Soy sincera, me gustó lo que cantaste. Sentí que la cantaste con el corazón, ¿o me equivoco?

- Sí, siempre canto así. La música es mi pasión, renuncié y abandoné muchas cosas por ella – le expliqué.

- Así son las vocaciones y los sueños, nos quitan cosas, pero nos recompensan tarde o temprano.

Empezaba a cautivarme con sus palabras.

- ¿Te gusta la fotografía? – pregunté.

- Sí, es lo mío. Esta cámara reinventó mi destino. Mi familia quiere que yo siga una carrera convencional, pero sé que aunque lo haga, no me separaré de los flashes y las historias de mis fotografías.

- Te entiendo, sé a lo que te refieres.

- ¿Eres quiteño, verdad? – me preguntó.

- Sí, así es.

- Lo deduje por tu acento. Soy Leire, mucho gusto.

- Soy Rodrigo. Me da gusto conocer a alguien como tú, llevamos segundos hablando y siento que nos hemos conectado a través de la palabra de una forma única. Compartimos el arte como el término de nuestros destinos.

Ambos sonreímos.

Conversamos, conversamos mucho más. La dueña del bar nos miró con desdén, no habíamos consumido, seguramente esperaba que nos emborracháramos como el resto de jóvenes en el bar, pero no estaba en nuestra personalidad hacerlo. Éramos ese tipo de personas que no necesita envenenarse el organismo para sonreír, para divertirse, y para charlar con alguien grato.

La noche siguiente volví a tocar en el bar, y la que le siguió, también. El sábado estuve libre por la mañana, y marqué el número que Leire me escribió en un papel con olor a sándalo. Pactamos encontrarnos en la tarde, en el único café que conocía en Guayaquil, Leire afirmó conocerlo, así que ese fue el lugar escogido para vernos de nuevo.

Leire llegó, pedimos cappuccino y un par de dulces de miel y canela. Al rato, Leire me dijo que tenía algo que obsequiarme, y de inmediato me dije a mí mismo grosero,  poco  romántico, falto de tino, carente de imaginación, ¿cómo era posible que ella me llevara algo y yo me presentase con las manos vacías?

- No te preocupes, no era necesario que me traigas algo.

¿Leyó mi mente? Pensé. Luego entendí que mi rostro afligido hablaba por sí mismo.

- Es que siento vergüenza, no tenías que molestarte.

- ¿Recuerdas que te tomé una fotografía en el bar?

- Sí, claro.

- La traje, quiero dártela.

Me dio la fotografía, y entonces entendí que estaba en el camino correcto. No podía reconocerme, el de la fotografía era otro. Ese muchacho cantando con tanta energía, con pasión, con un sentimiento desbordante, era yo. Jamás me había visto cantando a mí mismo. Pero sí, era yo, el mismo Rodrigo que se había ido de Quito con su mochila y su guitarra para compartir sus canciones y hacer escuchar su voz. El mismo Rodrigo que había madurado más en las últimas semanas de lo que lo había hecho en toda su adolescencia.

- Gracias por este detalle, Leire.

- Qué bueno que te gustó.

- Sabes, mañana me voy de Guayaquil.

- ¿Irás a cantar a otras partes?

- Sí, iré a Salinas, Manta y Portoviejo. Un amigo me consiguió tocar en algunos tocar lugares.

- Trata de tomarte algunas fotos para que me las enseñes cuando vuelvas.

Entonces entendí que ella no me daría oportunidad alguna ese día, si quería intentar algo con ella tendría que volver. Me alegraba, porque así sabía que era paciente, que había visto algo en mí para perdurar. No para un instante, sino para sumarle algo a la historia de su vida.

- Claro que volveré, a visitarte. No quiero que hoy sea la última vez que nos veamos y compartamos un momento como este.

- Eso espero.

La acompañé a su casa, y nos despedimos con un cálido abrazo, con la promesa de volvernos a encontrar pronto, para contar nuestras experiencias y conocernos todavía más. Había hecho una conexión con Leire que no quería perder, así que no veía la hora de terminar esas presentaciones y volver a Guayaquil a encontrarme con ella.

Escribo las últimas líneas de las páginas para el día de hoy, ayer me despedí de ella, y hoy parto para otras ciudades, con la esperanza de ser escuchado, con el anhelo de construir una realidad. El bus está frente a mí, y quiero un asiento junto a la ventana. Espero que la próxima vez que escriba momentos con Leire, sean mucho más extensos. Por ahora cierro este cuaderno, pero lo llevo conmigo, para escribir mis memorias, para recordar mi camino cuando alcance la meta.

Jorge Vargas Chavarría

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Amar es de locos

Clara había llegado a Madrid hace más de cuatro de años. Estaba en España gracias a su talento, el que también le había dado la visa europea, y no sólo le había abierto las puertas a una vida más digna, sino que también le había permitido realizarse a plenitud. Era profesora de ballet en una academia de danza de prestigio indiscutible. Clara era ecuatoriana, pero tenía el donaire de una francesa, esto se debía a los años que llevaba trabajando en la academia dirigida por una parisina más francesa que el croissant.

Clara le debía su formación artística a su abuela, la mujer que la había acogido en su lecho para su crianza. Su madre había sido una drogadicta cuya historia no vale pena contar. En todo caso, a Clara le había tocado una abuela bastante culta, amante de la lectura, de la buena música, y profesora de piano en Guayaquil, esto hasta su muerte poco antes de que Clara cruzara el Atlántico. En sus maletas, sólo se había llevado un recuerdo de su abuela, de esa mujer que había amado con el corazón y bajo cuya tutela había crecido. Se trataba de un viejo relicario de plata, en cuyo interior se guardaba una foto de las dos sonriendo.

El ballet era también un recuerdo de su abuela, su fanática número uno en sus presentaciones en el teatro, y quien no dudaba en hacer una ovación de pie cuando la obra terminaba. Con el tiempo, y el valiente corazón que esa anciana le había nutrido, había podido continuar y seguir con su vida, una vida que empezaba a conocer el amor.

Había un muchacho al que se le había vuelto costumbre mirarla cuando ensayaba, mientras sus mallas de ballet le contorneaban las piernas y le delineaban la figura. Clara lo sabía, pero esa lujuria que sentía al ser observada le hacían seguir bailando, para ella, era como un estímulo para la perfección de su baile. El muchacho no era tímido, así que semanas después de escudriñar bien la figura de Clara a través de la ventana del salón de baile lleno de espejos, se le había acercado para entablar conversación.

Bruno era su nombre, era alto, de cabello corto, barba rala y facciones madrileñas muy marcadas. Clara se veía relativamente baja a su lado, pero a Bruno eso le importaba poco, no dejaba de atraerle ese cuerpo delgado, con curvas, rasgos estilizados y sutiles.

Todavía no se convencían de que se tenían en frente, de que finalmente olían el aroma de sus prendas, y contemplaban la carne de sus fantasías.

-          Hola – dijo Bruno –

Su voz era bastante grave y su acento español bastante notorio.

-          Hola.

Clara no tenía acento español, pero si una voz muy dulce, sin alejarse de lo sensual.

-          Discúlpame si te he molestado, pero me gusta muchísimo como bailas. Siempre me han parecido hermosas las bailarinas.

-          Pues gracias, al menos sé que siempre cuento con un espectador tan fiel como tú – contestó Clara con una sonrisa –

-          ¿Me aceptas un café en el Astoria?

Se miraron fijamente, Clara apretó su bolso y dio un suspiro. Bruno esperó inmóvil, pero basado en la mirada que sentía sobre él, sabía que la tenía, sabía que conocerla era cuestión de minutos.

 Así empezó todo, en una  cafetería, entre el aroma a café y las risas confidentes, entre las largas miradas y las sensuales palabras. Porque con que la palabra también se conquista.

Empezaron a salir, esa no fue su única, ni su última salida, le siguieron muchas otras. Bruno la respetaba, no quería sólo levantársela, quería amarla como su corazón tenía acostumbrado. Las presentaciones de Clara habían mejorado, se lo decía la directora, sus compañeras, y toda la escuela. Su baile tenía algo que en el arte es siempre útil: pasión. Una pasión que había despertado desde que Bruno se había convertido en su espectador más fiel. No importaba la sencillez de sus movimientos, al terminar la obra, no eran los padres de las niñas los que más aplaudían, sino Bruno en la primera fila, observando el escenario con admiración.

 Los meses fueron pasando y la relación nutriéndose de confianza. Con cada encuentro entregaban algo de sus almas, y cuando por algún motivo no podían verse por varios días, les quedaba un consuelo: llevaban los besos tatuados en la piel. Ya no sólo se gustaban, ya no sólo se atraían locamente, estaban enamorados, se amaban como dos locos que han perdido el juicio.

Planearon un viaje, a un lugar que para ambos era un paraíso, una playa lejana, con el clima y los paisajes de una historia de amor. Partieron a Saint-Tropez, al sureste de Francia, habían ahorrado lo suficiente como para pasar una semana sin preocupaciones económicas. Alquilaron una camioneta vieja, llevaron poco equipaje, y dejaron que el viento del este los guiara a su destino.

Una vez en la playa, se sentaron en la arena, tomaron el sol, se besaron, conversaron, se amaron como siempre, se entregaron el uno al otro. Conversar era una de las actividades que más disfrutaban, compartían sus sueños, su pasado, y lo que anhelaban de su futuro. De su presente no hacía falta hablar, porque ese lo compartían.

Bruno la tomó de la mano, mientras la besaba, se pusieron de pie.

-          Te amo con locura y no quiero perderte nunca.

-          Amar es de locos, Bruno.

-          Entonces estoy completamente desquiciado.

Sonrieron, se abrazaron y se introdujeron en el mar. La ropa estorbaba, cuando sus cuerpos se deseaban, así que esta se quedó en la orilla de la desolada playa.

Clara y Bruno habían decidido estar juntos, pero en realidad esa había sido una decisión de sus corazones. De ahora en adelante su historia no sería individual, los dos serían parte de la misma, una historia escrita con pasión, y la locura del amor verdadero.

Jorge Vargas Chavarría

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Peregrino

     Guayaquil: 2’500.000 habitantes, y no creo caber entre ninguno de ellos. Me considero un extranjero, pero no del Ecuador, sino del mundo. Creo estar de paso por aquí, y creo que mi boleto de partida está por imprimirse. No contemplo el suicidio; tal vez ni siquiera lo necesito, puesto que mi cuerpo, a pesar de mi juventud, está tan gastado como la lona de un portero. Pocas veces concilio el sueño, y desde hace un par de meses acompañan a mis ojos dos abismos negros. Supongo que la huella del insomnio es indeleble.

     Son casi las dos de la mañana. No estoy en casa, como de costumbre, estoy buscando un lugar al que pertenecer, aunque soy consciente de que ningún sensato me abriría la puerta con esta apariencia de la que ya no puedo deshacerme.

     A veces creo que he desembarcado a orillas de la locura, porque aun cuando conservo instantes de sensatez, en los que, por un momento muy breve, soy consciente de lo que me estoy haciendo a mí mismo, me importa nada detenerme. Medito entonces que es probable que desconozca mi adicción. ¿Son las drogas o el dolor lo que realmente llenan ese vacío emocional de mierda que me tiene sumido en esta condición?

     El olor a orina es insoportable en este callejón por el que deambulo solo, porque,  ¿quién quiere ayudar a quien el error no le enseña? Veo luces a lo lejos; una fiesta (pienso). Uno de esos festejos que duran hasta el amanecer. Decido ir. Me importa un carajo no estar invitado, aquello importa nada en este tipo de lugares en donde la lujuria es el aroma del ambiente.

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     Ingreso; me pierdo entre la gente; mis náuseas se vuelven más fuertes. No estoy seguro de quién se mueve más rápido, si las luces, o a quienes las luces iluminan.

     Dirijo mis ojos a la barra, hay mucha gente, todos ebrios. Al final del mesón, se apuesta una chica de cabello oscuro, delgada, con un tatuaje en su hombro derecho. Me acerco, me siento junto a ella, y ni siquiera la curiosidad de ver mi rostro la inmuta. Veo su vaso y está lleno, no ha bebido nada, mueve su dedo por el borde con la mirada perdida.

— ¿Cómo te llamas?

— ¿Para qué quieres saber mi nombre? No porque te lo diga me vas a conocer—responde.

— Soy Javier.

Decide mirarme; tiene los ojos verdes, y los labios abultados. Parece percibir sinceridad en mi voz, así que no pone fin al diálogo.

— ¿Qué haces aquí, Javier?

— Nada en realidad.

— ¿Estás solo?

— Sí, así es.

La muchacha parece desatar un poco los nudos de su personalidad y se abre a la charla. No me gano su confianza, pero sí su nombre y un par de sonrisas.

— ¿Y tú estás sola, Kaia?

— Sí, pero no sola en la fiesta, sola del todo. No quiero en mi vida más tragedias, así que… acepté la soledad.

— ¿La aceptaste?—pregunto— ¿Es así como quieres vivir por siempre? Yo sé que tal vez ahora me siento así también, pero no creo que sea como quiero estar por el resto de mi vida.

— ¿Vida? Te drogas, Javier, ¿cómo puedes tú hablar de vida?

     Guardo silencio, ¿qué argumento podría usar yo? Alguien como yo no está en la facultad de dar un consejo, peor aún de orientar a alguien. Tanto mi presente como mi destino están perdidos. Entonces noto que Kaia se alegra de que me calle, deja a un lado el vaso y me besa, primero con suavidad, apenas rozándome, y luego con certeza; sus labios contra los míos. Siento la intimidad de su aliento, el sonido de su respiración. Supongo que ella siente el calor de mi mano en su nuca.

     No sé cómo ni por qué, pero bastaron un par de minutos para que Kaia y yo termináramos en la cama. Tal vez teníamos más en común de lo que pensábamos, y nuestros cuerpos habían comprendido eso mucho antes que nuestras mentes.

     Pasamos la noche en la habitación de un motel decente, y aunque en el trayecto al lugar entendí que sería cuestión sexo y nada más, en el acto, parece lo contrario; hay caricias por todo el cuerpo. Siento la arquitectura de sus huesos en mis manos y la nobleza de sus senos; no es sólo sexo, hay un mutuo deleite de por medio. Kaia me susurra cosas al oído con sus manos sobre mi manzana de Adán, lo entiendo entonces: esta escena, más que cualquier cosa, es un vínculo inconsciente, y a la vez, placentero.

     Con los ojos cerrados y las extremidades ocupadas, me abandono al placer. 

     Las cortinas de la habitación son finas y claras, de modo que le sol consigue ingresar sin esfuerzo. Los primeros rayos del día me despiertan de un sueño profundo y calmado. Kaia no está a mi lado, tampoco en el baño, ni en ninguna parte. Cuando termino de vestirme, veo un papel tirado cerca de la cama que acogió nuestro gozo, lo tomo entre mis manos y lo leo:

     “La vida pasa, mis amigos ya no están, mi familia tampoco. Conocerte no fue algo de lo que me arrepienta, pero mi cuerpo está sucio, y ya no tengo alma que vestir. No quiero infectarte. No quiero llenarte de la misma porquería de la que está atestada mi vida. Digamos que soy como la fruta podrida que daña a las otras. A veces creo que soy como el perro callejero que todos miran con tristeza, pero que nadie ayuda. En tu corazón aún hay esperanza, Javier. Cambia tu rumbo, empieza a vivir, no dejes que se haga tarde. Aunque he partido, quiero que sepas que cuentas con un corazón en este mundo, y que si estamos destinados a estar juntos, nos encontraremos algún día. Adiós, Javier.”

     Abandono el motel de inmediato; trato de recorrer las cuadras contiguas al edificio, pero no veo rastro de una chica de cabello oscuro. Lo entiendo: Kaia está lejos.

     Paso los días siguientes acompañado de innumerables reflexiones, de voces cercanas a la conciencia, de vicisitudes del pasado que eché a borda cuando estuve con ella. En fin, sumido en mi memoria, en esa dimensión que marca la identidad, que conserva intacta nuestra esencia.

     Las palabras de Kaia logran su cometido, me sacuden la conciencia y de algún modo me dan un camino. Me he reconciliado con mi parentela. Los lazos de familia se han apretado más que nunca como un nudo inquebrantable. De vez en cuando, mientras me asomo por mi ventana y veo un par de aves volar, agradezco porque aún estoy vivo, porque tuve tiempo de aferrarme a una oportunidad, y porque una carta fue capaz de abofetearme y hacerme entrar en razón.

     Soy un peregrino de la vida, viajo siempre, estoy aquí, luego allá, pero con los pies sobre la tierra, consciente de que los errores son parte de vivir. Ahora soy consciente de que el mañana es siempre tarde.

Jorge Vargas Chavarría

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PEREGRINO (CORTOMETRAJE)

(Guión: Gustavo Ruata – Dirección y producción: Claudia Azúa y Alejandro Dueñas)

Peregrino (Cortometraje) from Jorge Vargas Chavarría on Vimeo.