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El bosque de la memoria

Si hay algo a lo que le temo de verdad es al olvido. La posibilidad de que aquellos pocos seres a los que he desnudado el alma me olviden, me aterra. Porque existo, en realidad, en las memorias de aquellas personas, en los retazos de historia que incluyen bosquejos de mí. De lo contrario, no sería más que un organismo ambulante que respira, pero que no habita en el corazón de ningún ser querido; que jamás perdurará, puesto que nadie lo atesora en un recuerdo. Esse est percipi. Por desgracia, ese temor se ha vuelto realidad, y me encuentro ahora en un vacío, en un lugar que mis sentidos no logran asimilar: un bosque sombrío e inerte donde la hiedra me hinca los pies. Sin la más remota idea de cómo he venido a parar aquí, me adentro en el lugar. En algún rincón de mi cabeza, la voz de la sensatez me advierte que me detenga, pero el instinto es más fuerte y decido seguir.

elbosquedelamemoria

Anónimo.

 Siento miedo, no sólo por el lugar en que me encuentro perdido, sino también porque, por alguna razón, empiezo a olvidar quien soy. El olvido otra vez. Sigo caminando mientras las hojas en el suelo crujen. Entonces lo escucho:

—Me temo que tu tiempo se agota…

Volteo, intento encontrar un emisor. Soy consciente de que este lugar es extraño, así que no busco una figura humana, sólo un emisor, alguien, algo. 

—Has tardado mucho en entender que debías caminar y adentrarte en el bosque—dice—. Vas muy lento. 

— ¿Qué es este lugar?—pregunto—. ¿Qué hago aquí?

—Estás en un bosque que tú mismo has creado—explica—. En este lugar yacen fragmentos de tu memoria, o lo que queda de ella.

—¿De qué hablas?

—Hay consecuencias para aquellos que no aprecian el don de la vida y la oportunidad de enmendar los errores.

 Tiene razón, pero no termino de entender a qué se refiere. Me conoce, y sabe de mi pasado. Tras un par de segundos de silencio, sentencia:

—Deberás recorrer el bosque entero hasta encontrar las puertas. Mientras de encuentras a ti mismo.

—¿Las puertas? No entiendo nada.

—Hay cuatro puertas en este bosque. Cuatro destinos—dice, con una voz grave y pausada—. Has llegado aquí a través de la primera: El comienzo, lo que te deja tres opciones. A medida que te adentres en la oscuridad que se expande entre los árboles, irás encontrando las demás. Ten cuidado, porque si atraviesas la puerta de El olvido, todo se habrá perdido: tu pasado, tus recuerdos, tu identidad, todo. 

—¿Cómo se supone que distinguiré una puerta de la otra?

—Cuando llegue el momento, lo entenderás. No te preocupes. 

Camino confundido entre la niebla. El viento hace que las ramas se azoten entre sí y produzcan un estruendo en el bosque entero, pero debo concentrarme, o terminaré perdiendo lo que me queda de cordura. Tropiezo, me doblo el tobillo, y para cuando dejo de rodar colina abajo y me limpio los harapos que llevo como prendas, veo una puerta frente a mí: está llena de grietas, lo que la hace lucir bastante frágil. La perilla, sin embargo, está intacta. No puede ser la puerta del olvido—pienso—. No creo tener tan mala suerte como para encontrar el final cuando apenas empiezo. Sin titubeos, me acerco e ingreso. El bosque desaparece.

Escucho risas y columpios. Abro los ojos con dificultad y cuando todo se aclara distingo un parque. El día es soleado y los chiquillos corren por todos lados. Nadie parece verme; si lo hicieran, se espantarían de mi aspecto. Parezco un mendigo y sé bien que, aunque a veces la gente accede a regalarles una moneda, nadie quiere uno cerca, peor cuando sus hijos juegan en el lugar.

A medida que recorro el parque, lo siento más familiar. Entonces veo a un niño en shorts correr tras un cachorro mientras su madre ríe a los lejos porque sabe que no lo alcanzará. Reconozco a la mujer de inmediato: es mi madre, y el chiquillo tras el perro soy yo. Este parque quedaba a unas cuadras de la casa donde crecí. Lo recuerdo porque mi padre me traía a jugar aquí antes de que desapareciera en la guerra. Mi madre continuó con la costumbre para evitarme trastornos y aliviar el dolor.

El niño deja de correr, voltea, me mira, y lo miro también. Sostenemos la mirada por unos instantes mientras el cachorro ladra. Los árboles empiezan a tambalearse y se vuelven borrosos. Todo se diluye como pintura en agua hasta que el panorama se aclara de nuevo y edificios de concreto se apuestan a los lados. Ahora estoy en un patio rodeado de un jardín. Es una escuela. El timbre suena y los adolescentes empiezan a bajar las escaleras con prisa. Reconozco el uniforme; estoy en mi colegio. Recuerdo lo dicho por la voz y consigo entenderlo: he atravesado la puerta de El recuerdo.

 Veo caras conocidas y la tristeza me invade cuando veo los rostros jóvenes de quienes fueron mis mejores amigos, y que hoy, nunca veo. Me alegro de verme conversando con ellos, porque sé que en ese entonces existía algo que ya casi no conozco en mis días actuales: honestidad. Vivimos en una sociedad adaptada a la mentira, y lo peor es que estamos tan habituados a ella, que ya solo la dejamos pasar. Mi yo joven no deja de reír, se golpea las piernas mientras sus amigos lo codean y sueltan carcajadas. Se detiene, y siento el peso de sus ojos en mi cuerpo, todo se vuelve turbio tal como en el parque; el recuerdo se desvanece poco a poco, hasta desaparecer por completo. El aroma es otra vez a tierra mojada. Hace frío y todo es oscuro. Sé que no me queda más que seguir deambulando entre los árboles. La única certeza que tengo es que quedan dos puertas.

La nostalgia de palpar esos recuerdos con tal cercanía me vuelve vulnerable, pero resuelvo seguir con mi camino. De pronto, una puerta más aparece. Desconcertado por su aparición, me precipito a alcanzarla, a tirar de esa perilla de inmediato y cruzar sus dimensiones sin importar lo que oculte en su interior. Una vez más las tinieblas se tragan mi cuerpo. No entiendo qué sucede, se suponía que la puerta debía llevarme a otro lugar, pero esta ocasión las cosas son diferentes: empiezo a sentir dolor en los huesos y ardor en la carne. Me falta el aire y siento los ojos hinchados al igual que mis manos. Entonces viene lo peor: tropiezo hacia un abismo que no puedo ver, y mi cuerpo entero amortigua una caída sobre un suelo invisible. Siento como dos manos, que tampoco veo,  me toman por el cuello y oprimen mi garganta con tal fuerza que no logro emitir ni un leve aullido. El dolor se apodera de mí. Intento inútilmente despertar, como si todo hubiese sido una pesadilla, pero eso no sucede, sino que me expone más al dolor. Después, mientras las manos siguen agotando mis fuerzas, intento recordar, pero no hay nada, no aparece ningún recuerdo en mi cabeza. Me desespero, siento todas las formas del miedo y no consigo gritar. Agotado, con mis fuerzas pulverizadas, entiendo lo evidente: he ingresado por la puerta de El olvido. Con el último soplo de vida que me resta, musito:

—Merezco una segunda oportunidad…

La voz del bosque aparece, murmura:

—¿De verdad crees merecerla?

—Prometo rehacer mi vida—respondo con dificultad, esperando que entienda lo que digo—, pero por favor, libérame de esto, permíteme volver—suplico desesperado—. Dame una segunda oportunidad.

—Aprecia todo cuanto tienes—dice—, y que esto te sirva para no ser nunca más un cobarde. 

El dolor cesa y la fuerza de esas manos frías en mi cuello se esfuma. Puedo volver a respirar y a sentir mis extremidades. Se me escapan las lágrimas. Sollozo mientras me tiemblan las manos. Se me ha otorgado una segunda oportunidad, así que decido ser valiente, y con la misma tenacidad que resistí la tortura de El olvido, abro los ojos, los abro y me encuentro con la ciudad a mis pies. Tengo el cuerpo helado pero completo porque la brisa allí es más fuerte. Los autos cruzan la avenida a toda velocidad porque estos son tiempos de prisa. Me aparto del abismo y, mientas camino, puedo ver de lejos una puerta, ya no en la oscuridad del bosque, sino allí, en la terraza del edificio. El rótulo advierte El regreso. Muevo  la perilla y cruzo entonces la última puerta.

Jorge Vargas Chavarría | @jorgevargasch

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Entrevista en “La Redso” de Radio City

Les dejo una parte de la entrevista que me hicieron en el programa radial La Redso de Radio city el pasado miércoles 11 de julio. Conversamos, entre otras cosas, del lanzamiento de “On the road to dreams”, que ese mismo día consiguió convertirse en trend topic nacional, alcanzando el segundo lugar.

<p><a href=”http://vimeo.com/45619939″>Entrevista en La Redso de Radio City</a> from <a href=”http://vimeo.com/jorgevargas”>Jorge Vargas Chavarr&iacute;a</a> on <a href=”http://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

#ontheroadtodreams

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¡Mi segundo libro!

Quienes me conocen de cerca saben cuánto he estado esperando poder publicar de nuevo, y esa espera ha terminado. Es con enorme alegría que hoy anuncio que en las próximas semanas estaré presentando mi nuevo libro, el cual empecé a escribir en enero y terminé en marzo, de este año. En abril, revisé el libro, y posteriormente, lo revisaron y editaron dos personas más. A finales de abril, el libro estaba listo y en la primera semana de mayo ya lo había corregido por completo. Las semanas siguientes empezaron los trámites necesarios, y todas estas actividades me impidieron siquiera plantearme escribir algo para el blog durante todo el mes de mayo.

Durante el transcurso de esta semana, el libro estuvo ya listo por completo, incluyendo la portada y hasta el más mínimo detalle. Por lo que la próxima semana inicia el proceso de impresión. En fin, sin más preámbulos emotivos, les contaré todos los detalles respecto a éste, mi segundo libro.

Primero que nada, el libro está en inglés. Los motivos por los que decidimos que este libro fuese publicado en inglés fueron varios. Existen diversos proyectos tras la publicación de esta obra, que aspira a ingresar a programas de academias e instituciones de enseñanza del idioma inglés, así como colegios y otros. Además, el libro será enviado a librerías en otros países, y estará disponible en versiones digitales en varios sitios web.

El título del libro es “On the road to dreams” (En el camino hacia los sueños) y germinó en un estado de mi vida en el que me siento así, que estoy poco a poco logrando cosas con las que he soñado desde niño. Sin embargo, se debe también a la historia que cuento en el libro, que nada tiene que ver conmigo, pero que guarda ciertas referencias personales.

“On the road to dreams” es el primer libro de una trilogía. Que espero publicar con el tiempo, y de la cual, empiezo a bosquejar ya la segunda entrega. “On the road to dreams” es una historia sobre los sueños de dos jóvenes que se conocen en ese camino que han decidido emprender tras las metas que atesoran. Clara es una bailarina de ballet, es una muchacha talentosa, hermosa, y dueña de un futuro prometedor, aunque ella misma se subestime. Bruno, el otro protagonista, es un músico y guitarrista apasionado, cuyos padres, a diferencia de los de Clara, desaprueban por completo los objetivos que tiene para su futuro. Sus vidas se entrelazan y logran entender que ambos tienen algo en común: la pasión por las cosas que hacen. Y es esa pasión con la que se escribe esta historia.

Estaré presentando el libro a finales de junio, y me encargaré de que esté a la venta en la mayoría de librerías de la ciudad de Guayaquil, así como en otras ciudades, en la medida de lo posible. ¡Espero contar su apoyo! Porque necesitaré mucho apoyo para lograr todas las cosas que aspiro.

Estoy trabajando en el blog dedicado al libro, que habilitaré pronto, por ahora, les dejo la portada del libro que estuvo a cargo del talentoso ilustrador quiteño Edgar Toro.

Gracias a quienes me acompañan en este camino. A quienes me leen desde “La espada de Sorton” y saben lo que significa para mí escribir.

©2012 Jorge Vargas Chavarría. All rights reserved.

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El cuentista

Había pasado una semana desde el funeral de mis padres, quienes habían fallecido en un accidente automovilístico. Todavía no me recuperaba del suceso, pero la corte había decidido ya mi destino. Durante mis quince años de vida había pensado que mi familia empezaba y terminaba con mis padres, puesto que jamás me habían presentado a ningun otro consanguíneo. Pero resulta que no, que había un último familiar regado por el mundo; lejos, pero dentro del país.

Tras la muerte de mis padres, fui enviado a vivir con el único pariente vivo que me quedaba, un hombre cuyo rostro no conocía, ni quería conocer: mi abuelo paterno. Hubiese preferido quedarme solo y recibir dinero del gobierno para subsistir mientras alcanzaba la mayoría de edad, pero bajo mi condición de mocoso, eso no lo podía decidir yo.

Con la compañía de mi luto, emprendí el viaje desde la capital hasta Córdoba, en el campo argentino. Tras casi un día de viaje en bus, llegué por fin a la estación de Belgrado. Agarré mi mochila y mis maletas, y saqué de mi bolsillo el arrugado papel en donde había anotado la dirección de la granja adonde debía llegar y presentarme como nieto.

Llegué a la granja a la hora del atardecer, cuando el sol hacía de los sembríos de arroz un panorama naranja y brillante. El olor a tierra mojada y el sol me recibieron en el sendero lleno de hojas de otoño. Vi la granja a lo lejos y a los cerdos revolcarse en el lodo. Parecía haber llovido la noche anterior, a juzgar por la humedad del suelo.

Debo admitir que estaba inseguro, no solo de estar en el lugar equivocado, sino también de cuál sería el rumbo de mis días. Detestaba el hecho de dejar la ciudad para irme al sucio y hediondo campo que tanto había odiado siempre. No tenía elección alguna, era vivir en el campo bajo las limitaciones de una apartada granja, o hundirme en el abandono de un orfanato durante tres años. Sin más vacilaciones, golpeé la puerta de madera.

El hombre que abrió la puerta tenía la frente llena de surcos y una abultada nariz. Me miró a los ojos con conmoción, como si tuviese un fantasma en frente.

—Buenas tardes— dije—. Mi nombre es Gael.

—Eres el vivo retrato de tu padre—dijo el hombre.—Lamento que tengamos que conocernos bajo tan terribles circunstancias.

—¿Usted sabe del accidente?

—Sí, hijo, lo sé—responde con la voz apagada. — En todo caso, bienvenido.

Hubo compasión en sus palabras, refugio, incluso aliento. Tenía la habilidad de percibir los sentimientos de la gente, y a veces, revestirme de ellos. A decir verdad, fue un buen primer encuentro, pero no quería dejarme llevar por la primera impresión. Lo más probable es que mi abuelo era un buen hombre, pero si lo era, no quería convencerme de ello sólo por su acogedora bienvenida, quería juzgarlo con el transcurrir de mi estadía, si es que en algún sentido era correcto juzgarlo.

Había llegado mientras mi abuelo cocinaba la cena, así que el olor a guiso abundaba por la casa. La vivienda cimentada en el campo estaba construida con madera en su totalidad. El piso, las paredes y el techo, eran todos de madera gruesa y compacta. El abuelo me ayudó con mis maletas, y noté de inmediato la energía del vetusto al subir las escaleras sin esfuerzo. Estaba viejo, pero concervaba una fuerza que ni yo poseía en ese entonces.

Me guió hasta un dormitorio contiguo al baño, y me explicó que era el designado para mí. Me preguntaba en ese instante si había alguien más viviendo allí, y como si hubiese leído mi mente, me aclaró que vivía solo desde hace algún tiempo.

Acomodé mis bultos en la habitación y colgué mi ropa en los armadores estropeados por el óxido. Temí que mis camisetas se mancharan, pero recordé que no tendría a quien lucirlas en la lejanía en la que me encontraba. El tema terminó por serme indiferente. Salí de la habitación y bajé las escaleras, paseé la mirada por la sala y me llamó la atención la chimenea; no había visto nunca una encendida.

—Gael, ven por favor, vamos a cenar.

Entré en la cocina siguiendo el aroma a carne cocida, y allí me esperaba el abuelo con los platos en la mesa y el vaso de jugo de toronja empapando el mantel. Todo se veía delicioso.

—Gael, quiero que sepas que lamento muchísimo lo de tus padres, y espero que con el tiempo se alivie tu dolor— dijo en tanto se hubo sentado frente a mí. —No hay consuelo para el duelo más que la resginación. Yo conozco de cerca el sufrimiento causado por la muerte del ser querido, porque lo he vivido y he palpado su suplicio. Además, recuerda que es también un hijo mío el que ha muerto.

—¿Por qué no fuiste a su funeral?—pregunto de inmediato— ¿Por qué nunca supe de tí, sino hasta ahora?

—Porque tu padre así lo quiso, porque para él su padre había muerto mucho tiempo atrás. Pero no creas que no lloré su muerte en la soledad de esta granja. Lo lloré, y mucho, más que nada porque nunca pude darle un abrazo de nuevo. Lo más seguro es que lo siga llorando por algunos días más.

Entendí que el abuelo estaba devastado, igual o más que yo, que trataba de luchar con mi dolor y convencerme de que llorar no me serviría de nada. Después de todo, reconocía en mi interior lo vulnerable que estaba en esos momentos, pero reconocía también que quería mentirme a mí mismo y verme impecable ante el espejo. La gente es lo que nos vemos detrás de la verdad, siempre hay algo más, que nadie más que uno sabe. Somos—como decía mi madre—lo que callamos.

Cenamos y cambiamos de tema. El abuelo me contó un poco de su vida y de la granja que había levantado con sudor y sacrificio junto a la mujer que había amado y visto partir hace tres años. Me contó que era procedente del sur de Chile, y que había terminado en el norte de Argentina por cosas de la vida. Su familia entera se había quedado allá, y considerando la ignorancia de su pueblo, habían perdido contacto hace años.

Esa noche me acosté pensando en todo lo que había sucedido en el transcurso de mi llegada. No entendía bien por qué, pero me sentía a salvo; me sentía en casa. Quizás era la hospitalidad con que había sido recibido y la exquisita cena que me había ofrecido el abuelo luego de quince horas de viaje en bus sin probar bocado. Fuese lo que fuese, esa noche concilié el sueño que no había tenido en días, acostado en una cama con sábanas limpias y bajo el techo de un hogar construido con amor.

No había cortinas en la ventana de mi alcoba, así que los primeros rayos del sol de la mañana me golpearon a la cara y me hicieron despertar. Para cuando me acerqué para mirar, los gallos cantaban y el ganado se alzaba al mismo ritmo del sol. Parecía que lo de madrugar en el campo no era un chiste, o una simple noción rural. Me refregué los ojos para aclarar mi visión, y entonces vi al abuelo arando junto a los sembríos de arroz que había visto al llegar. Llevaba la camisa mojada, así que lo más seguro es que llevaba un buen rato en aquella faena.

Bajé las escaleras para saludar al hombre que me había recibido con hospitalidad y me había brindado una cama. Había un par de botas en el pórtico de la casa, así que me las puse para poder cruzar la tierra mojada y las heces bovinas.

—Buenos días…

Titubeé un poco al saludar porque aún no sentía confianza para llamarlo abuelo.

—Buenos días, muchacho —dijo en un tono contento. —¿Te han picado los mosquitos?

—No, ninguno.

—Suerte de recién llegado. Cuando termine aquí prepararé el desayuno, ¿quieres ayudarme a labrar la tierra? Se acerca la mejor época del año.

—La verdad no sé nada de eso, jamás he sembrado nada. Y tampoco me entusiasma mucho el tema.

—Sólo tienes que palpar la tierra y revisar que no hayan hierbas o restos de otros cultivos. Te servirá mucho aprender eso.

El abuelo era muy persuasivo, y me convenció de ayudarle en el trabajo de labrado. Terminé untando mis manos en el lodo y sudando tanto como él. Mientras trabaja, recordé una de las cosas que más me preocupaba: ¿adónde diablo terminaría la secundaria? El apartado granero no parecía tener colegios aledaños, ni siquiera una farmacia o una tienda de abarrotes. En el primer descuido,  un bicho me mordió en la palma de la mano mientras tenía ésta en medio del lodo. Tan pronto como sentí el ardor en mi piel me incorporé y sacudí la mano hasta que el animal se desprendió de mi palma.

El abuelo empezó a reírse y secarse el sudor de la arrugada frente con una franela. Su respuesta sólo consiguió enfurecerme.

— ¡¿De qué te ríes, viejo estúpido?! Me ha picado este bicho asqueroso y tú te ríes. Jamás debí venir a este sucio granero—grité, mientras me sangraba la mano. —No sé qué estaba pensando cuando acepté ayudarte.

Dejé las herramientas de sembrado tiradas, y me retiré sosteniendo mi mano sangrante con la otra. El abuelo recogió los utensilios y se dirigió a mí con arrojo.

—Eres igual a él…

Me detuve al escucharlo. No lo miré, pero escuché con atención cada una de sus palabras.

—Eres igual al engreído de tu padre. Odiaba su origen y renegaba del oficio de su familia.

Me volteé de inmediato con la rabia como motor de mis pasos.

— ¿Cómo te atreves a meterte con mi padre?— pregunté lleno de ira hacia el anciano. —Si abandonó este lugar habrá tenido sus motivos.

Luego de una mirada llena de coraje, retomé mi camino hacia la casa. Tenía planes de tomar mis maletas y escaparme de un lugar al que había llegado por cosas del destino, y no por elección propia. Sin embargo, en cuanto entré a la casa golpeando todo, apartando las cosas de mi camino, el abuelo me tomó del brazo con tal fuerza que creo que brotó más sangre de mi mano.

—Lo siento, muchacho. Discúlpame por haberte hablado así. Acabas de llegar y no quiero que creas que soy un viejo y loco campesino que lo único que sabe es matar gallinas y lanzar escupitajos.

—¿Qué te hace pensar que me quedaré?

—El hecho de que estás obligado a estar aquí—contesta con certeza. —Eres menor de edad y no puedes regirte a los instintos de tus jóvenes hormonas. Así que estoy seguro de que con el tiempo llegarás a lidiar con el temperamento y los defectos de este burdo veterano.

Accedí a quedarme porque no tenía un peso para volver, y porque también reconocía que me hubiese perdido en medio del monte y las mugrosas sanguijuelas que ya me había tocado conocer. De cualquier forma, desayuné con el abuelo, claro está, sin cruzar mayor palabra más que para pedirnos la salsa o una servilleta. Entre las casi nulas actividades existentes en esa casa, llegó la tarde, lo supe por el viejo reloj cucú que colgaba en la pared de la chimenea. Y fue allí que conocí el otro lado del anciano. Junto a la chimenea se encontraba una biblioteca con finas puertas, de madera también, que escondían los libros de las polillas. En ella había varias decenas de libros, tantos, como para educar a una clase entera. El abuelo sacó un par de ellos y se sentó en el sofá más holgado de la sala. Yo estaba en el del frente, mirando como los abría y los cerraba como si pudiera leerlos al instante. Lo más probable es que trataba de decidirse entre alguno de ellos.

—Estos libros viejos y empolvados son la mejor herencia que me dejó tu abuela. Y, de una forma muy compleja, creo que también me ató a ella con ellos. Me hizo leerlos, varias veces, y así sembró en mí la lectura. Algunos son tan viejos que incluso fueron leídos a tu padre en las noches de su infancia. Algunos fueron heredados a tu abuela, y otros fueron regalados por amigos de la vida.

Escuché sus palabras con atención, más que nada por la franqueza que percibí en ellas. Me levanté y me acerqué a la biblioteca, quité un poco de polvo con los dedos de mi mano sana, pues la otra la tenía con una gasa envuelta. Mis curiosos ojos encontraron un cuadernillo grapado y enmendado, apolillado, como si en ocasiones hubiese sido olvidado. Pero lo que más me había cautivado de él, era que estaba escrito a mano, así que el autor de esas líneas vivía bajo el techo de esa casa de campo. Tomé el cuaderno entre mis manos y una hoja se escapó del anillado. Mi abuelo se acercó en silencio y recogió la hoja del suelo.

—Hace mucho que no veía ese cuaderno… —dijo. —Hace mucho que dejé de escribirlo…

—¿Tú lo escribes?—pregunté con asombro.

—No desde que murió tu abuela hace tres años. Desde entonces lo tengo archivado entre los libros que leí junto a ella por las noches.

Miré a mi abuelo con admiración, pues me di cuenta de que me quedaba mucho por conocer de ese hombre. El abuelo se sentó de nuevo en el mueble y esta vez me senté más cerca de él. Se puso el cuaderno en el regazo y pasó las páginas con cuidado; estaban marchitas como las rosas descuidadas, pero guardaban un significado íntimo y afectivo para el anciano que las leía con anhelo.

—¿Desde cuándo lo escribes?

—Desde hace mucho—me respondió. —Décadas, diría yo. Es como una historia que escribo con el tiempo. No es el primer texto que escribo; debe haber una caja llena de hojas con mis cuentos en el desván. Los escribí cuando tu abuela estaba viva, ella era mi única lectora, la única que conocía lo que escribía, y la única que me llamaba cuentista—explicó con una voz sollozante. —Creo que seguiré escribiéndolo, quizás al escribirla pueda recordarla con detalle y dejar guardado entre las líneas un recuerdo permanente del amor que tuve por tu abuela.

No sabía qué decir, había presenciado una escena que tal vez el abuelo no quería proyectar hacia otros. Había soltado sus palabras como una confesión personal y necesaria que había estado esperando el turno de flotar en el aire.

—Sigue escribiéndolo, abuelo, porque me gustaría poder ser yo ahora un lector de tu cuaderno.

Aquellas palabras brotaron de forma espontánea. Sentí, por un instante, que aquel hombre y yo realmente compartíamos un vínculo. El abuelo levantó sus ojos hacia mí y se aclaró la voz un poco. Era la primera vez que le decía abuelo, y que establecíamos una corta pero inalterable conexión personal. Tal vez se debía a que se habían desnudado sentimientos reprimidos. Esa noche, el abuelo preparó chocolate y una tarta de maíz. Cenamos juntos en la cocina, y los inciensos que me había hecho colocar en la casa, ahuyentaron a los inquietos zancudos nocturnos. Cuando terminamos, el abuelo se sentó cerca de la chimenea y empezó a escribir en el cuaderno. Llevaba sus lentes puestos y su mirada apuntaba a la hermosa caligrafía con la que trataba de escribir. Me inquietaba el contenido de ese cuaderno, y los cuentos que supuestamente permanecían en un cartón viejo del desván.

Los días siguientes transcurrieron entre el sol del campo, la pestilencia de los animales, las jornadas de trabajo, la deliciosa comida del abuelo, ratos alegres, y oportunidades de charlar. Nos conocimos más el uno al otro, y así el abuelo me fue contando anécdotas de años felices bajo la sencillez y armonía del campo, donde había vivido durante sus seis décadas.

En una noche de desvelo, me atreví a colarme en el desván. El lugar estaba lleno de adornos viejos, vajillas, muebles, cuadros, y entre todos los cacharros se escondía la caja, llena de hojas amarillas, como prueba del tiempo solitario. Leí los cuentos del abuelo, los leí uno a uno, lento y atento, conocí los personajes que habían marcado su vida, porque indudablemente eran todos autobiográficos. También, entendí que había amado a su único hijo, y a la nuera que este le había presentado cuando estaba embarazada. No cabía duda de que el abuelo había conseguido atraparme, el texto me acorraló y no me soltó hasta que digiriera hasta la última letra. Entendí por qué mi abuela había decidido llamarlo El cuentista, y reconocí que para mí el abuelo también llevaría ese referente, pues cocía sus historias con el hilo de un espíritu rebelde.

El tiempo ayudó a que con el abuelo consiguiéramos soportarnos los defectos. Creo que nos unía un poco el coraje y el orgullo, que a lo mejor venía en los genes. Creo que el abuelo tenía un concepto para el libro que había empezado a escribir años atrás, y que desde mi llegada había retomado para terminar. El cuaderno significaba un recorrido por su vida.

Acepté que mi estadía sería prolongada, así que terminé la secundaria en un colegio que estaba a un par de kilómetros de distancia, y me crié en la granja por el resto de mi adolescencia. Lo suficiente, para presenciar la noche en que el abuelo me informó que había terminado el libro y que deseaba que fuese quien recorriera sus páginas con inquietud e intensidad. Y así lo hice, y porque llegué a conocer al abuelo a través de la historia de su vida, y presenciar la maravillosa persona que fue, lloré su partida junto a todo el pueblo.

Han pasado varios años ya desde que el abuelo falleció y me dejó el manuscrito de su libro. Siento, tras los días vividos junto a él, que soy también un pedazo de memoria, y que represento una hoja más en el árbol de su vida. Las mejores herencias que pudo dejarme aquel anciano, fueron dos: la experiencia de haberlo conocido de verdad, y el cuaderno que más que una historia, fue un inventario, con enmendaduras y aciertos, de una vida feliz.

Jorge Vargas Chavarría | @jorgevargasch

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Foro de jóvenes escritores ecuatorianos

Queremos tener una oportunidad para integrarnos y demostrar que hay jóvenes talentosos inmersos en la literatura ecuatoriana, así que el miércoles 25 de abril a las 18h00 se llevará a cabo el foro de jóvenes escritores que organizo junto a Andrea Morán Kontong y Michel Terranova. El evento tendrá lugar en la librería Libri Mundi del centro comercial San Marino.  Están todos invitados, lectores y escritores. ¡Ven y acompáñanos en esta noche llena de letras! 

Para más información, escríbeme: jorgevargasch@gmail.com

O contáctame a través de Facebook y Twitter.

 

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