Y así fue el foro…

26 Apr

Anoche tuvo lugar el foro de jóvenes escritores en el que participé junto a Andrea Morán Kontong, Adelaida Jaramillo y Michel Terranova en la librería Libri Mundi del centro comercial San Marino. Quiero agradecer a los asistentes al evento, tanto por su valiosa presencia, como por los comentarios posteriores al evento. Entre otras cosas, conversamos sobre la literatura en el Ecuador, el medio literario, las publicaciones digitales y los blogs. Además de la importancia de este tipo de eventos.

Aunque un poco nerviosos al comienzo, todo resultó de maravilla, e incluso surgieron ideas para próximos eventos semejantes, los cuales iremos  concretando en la medida de lo posible.

¡Hasta una próxima ocasión!

Aquí una foto:

Para ver más fotos del evento, ingresa aquí: 

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El cuentista

16 Apr

Había pasado una semana desde el funeral de mis padres, quienes habían fallecido en un accidente automovilístico. Todavía no me recuperaba del suceso, pero la corte había decidido ya mi destino. Durante mis quince años de vida había pensado que mi familia empezaba y terminaba con mis padres, puesto que jamás me habían presentado a ninguno otro consanguíneo. Pero resulta que no, que había un último familiar regado por el mundo; lejos, pero dentro del país.

Tras la muerte de mis padres, fui enviado a vivir con el único pariente vivo que me quedaba, un hombre cuyo rostro no conocía, ni quería conocer: mi abuelo paterno.

Hubiese preferido quedarme solo y recibir dinero del gobierno para subsistir mientras alcanzaba la mayoría de edad, pero bajo mi condición de mocoso, eso no lo podía decidir yo.

Con la compañía de mi luto emprendí el viaje desde la capital hasta Córdoba, en el campo argentino. Tras casi un día de viaje en bus, llegué por fin a la estación “Belgrado”. Agarré mi mochila y mis maletas, y saqué de mi bolsillo el arrugado papel en donde había anotado la dirección de la granja a donde debía llegar y presentarme como nieto.

El olor a tierra mojada y el sol me recibieron en el sendero lleno de hojas de otoño. Vi la granja a lo lejos y a los cerdos revolcarse en el lodo. Parecía haber llovido la noche anterior, a juzgar por la humedad del suelo. Llegué a la granja a la hora del atardecer, cuando el sol hacía de los sembríos de arroz un panorama naranja y brillante.

Debo admitir que estaba inseguro, no solo de estar en el lugar equivocado, sino también de cuál sería el rumbo de mis días. Detestaba el hecho de dejar la ciudad para irme al sucio y hediondo campo que tanto odiaba. No tenía elección alguna, era vivir en el campo bajo las limitaciones de una apartada granja, o hundirme en el abandono de un orfanato. Sin más vacilaciones, golpeé la puerta de madera.

El hombre que abrió la puerta tenía la frente llena de surcos y una abultada nariz. Me miró a los ojos con conmoción, como si tuviese un fantasma en frente.

-          Buenas tardes – dije – Mi nombre es Gael…

-          Eres el vivo retrato de tu padre – dijo el hombre – Lamento que tengamos que conocernos bajo estas circunstancias.

-          ¿Usted sabe del accidente?

-          Sí, hijo, lo sé. Pasa, ahora estás en casa.

Hubo compasión en sus palabras; tristeza, pero también esperanza. Tenía la habilidad de percibir los sentimientos de la gente, y a veces, revestirme de ellos.

A decir verdad, fue un buenprimer encuentro, pero no quería dejarme llevar por la primera impresión. Lo más probable es que mi abuelo era un buen hombre, pero si lo era, no quería convencerme de ello sólo por su acogedora bienvenida, quería juzgarlo con el transcurrir de mi estadía.

Había llegado mientras mi abuelo cocinaba la cena, así que el olor a guiso abundaba por la casa. La vivienda cimentada en el campo estaba construida con madera en su totalidad. El piso, las paredes y el techo, eran todos hechos de madera gruesa y compacta. El abuelo me ayudó con mis maletas, y noté de inmediato la energía del vetusto al subir las escaleras sin esfuerzo.  Me guió hasta un dormitorio contiguo al baño, y me explicó que era el designado para mí. Me preguntaba en ese instante si había alguien más habitando la morada, y como si hubiese leído mi mente, me aclaró que vivía solo allí desde algún tiempo.

Acomodé mis bultos en la habitación y colgué mi ropa en los armadores estropeados por el óxido. Temí que mis camisetas se mancharan, pero recordé que no tendría a quien lucirlas en la lejanía en la que me encontraba. Salí de la habitación y bajé las escaleras, paseé la mirada por la sala y me llamó la atención la chimenea, pues jamás había visto una encendida.

-          Gael, ven por favor, vamos a cenar.

Llegué a la cocina siguiendo el aroma a carne cocida, y allí me esperaba el abuelo con los platos en la mesa y el vaso de jugo de toronja empapando el mantel.

-          Gael, lamento muchísimo lo de tus padres, y espero con el tiempo se alivie tu dolor – dijo cuando se hubo sentado frente a mí – Yo conozco de cerca el dolor causado por la muerte, porque lo he vivido y he palpado su suplicio. Además, recuerda que es también un hijo mío el que ha muerto.

-          ¿Por qué no fuiste a su funeral? ¿Por qué nunca supe de ti, sino hasta ahora?

-          Porque tu padre así lo quiso, porque para él su padre había muerto mucho tiempo atrás. Pero no creas que no lloré su muerte en la soledad de esta granja. Lo lloré, y mucho, más que nada porque nunca pude darle un abrazo de nuevo.

Entendí que el abuelo estaba devastado, igual o más que yo, que trataba de luchar con mi dolor y convencerme de que llorar no me serviría de nada. Después de todo, reconocía en mi interior lo vulnerable que estaba en esos momentos, pero reconocía también que quería mentirme a mí mismo y verme impecable ante el espejo. La gente es lo que nos vemos detrás de la verdad, siempre hay algo más.

Cenamos y cambiamos de tema. El abuelo me contó un poco de su vida y de la granja que había levantado con sudor y sacrificio junto a la mujer que había amado y visto partir hace tres años. Me contó que era procedente del sur de Chile, y que había terminado en el norte de Argentina por cosas de la vida. Su familia entera se había quedado allá, y considerando la ignorancia de su pueblo, habían perdido contacto hace años.

Esa noche me acosté pensando en todo lo que había sucedido en el transcurso de mi llegada. No entendía bien por qué, pero me sentía a salvo, en casa, aún cuando llevaba horas tan sólo de conocer al que la jueza encargada de mi custodia había proclamado como mi representante legal. Quizás era la hospitalidad con que me había recibido y la exquisita cena que me había ofrecido luego de quince horas de viaje en bus sin probar bocado. Fuese lo que fuese, esa noche concilié el sueño que no había tenido en días, acostado en una cama con sábanas limpias y bajo el techo de un hogar construido con amor.

No había cortinas en la ventana de mi alcoba, así que los primeros rayos del sol de la mañana me golpearon a la cara y me hicieron despertar. Para cuando me acerqué para mirar, los gallos cantaban y el ganado se alzaba al mismo ritmo del sol. Parecía que lo de madrugar en el campo no era un chiste, o un decir. Me refregué los ojos para aclarar mi visión, y entonces vi al abuelo arando junto a los sembríos de arroz que había visto al llegar. Llevaba la camisa mojada, así que lo más seguro es que llevaba un buen rato en la faena.

Bajé las escaleras para saludar al hombre que me había recibido con hospitalidad y me había brindado una cama. Había un par de botas en el pórtico de la casa, así que me las puse para poder cruzar la tierra mojada y las heces bovinas.

-          Buenos días…

Titubeé al saludar porque aún no sentía la seguridad de llamarlo abuelo.

-          Buenos días, muchacho – dijo con un tono contento – ¿Te han picado los mosquitos?

-          No, ninguno.

-          Suerte de recién llegado. Cuando termine aquí prepararé el desayuno, ¿quieres ayudarme a labrar la tierra? Se acerca la mejor época del año.

-          La verdad no sé nada de eso, jamás he sembrado nada.

-          Sólo tienes que palpar la tierra y revisar que no hayan hierbas o restos de otros cultivos. Te servirá mucho aprender eso.

El abuelo era muy persuasivo, y me convenció de ayudarle en el trabajo de labrado. Terminé untando mis manos en el lodo y sudando tanto como él. Recordé una de las cosas que más me preocupaba, ¿dónde terminaría la secundaria? El apartado granero no parecía tener colegios aledaños, ni siquiera una farmacia o una tienda de abarrotes. Permanecía descuidado, labrando la tierra como un acto involuntario que el abuelo me había enseñado y empezaba a perfeccionar, cuando un bicho me mordió en la palma de la mano. Tan pronto como sentí el ardor en mi piel me incorporé y sacudí la mano hasta que el animal se desprendió de mi palma.

El abuelo empezó a reírse y secarse el sudor de la arrugada frente con una franela, aquello me molestó de sobre manera.

-          ¡¿De qué te ríes?! Me ha picado este bicho asqueroso y tú te ríes. Jamás debí venir a este sucio granero – grité, mientras me sangraba la mano – No sé que estaba pensando cuando acepté ayudarte.

Dejé las herramientas de sembrado tiradas, y me retiré sosteniendo mi mano sangrante con la otra. El abuelo recogió los utensilios y se dirigió a mí con arrojo.

-          Eres igual a él…

Me detuve al escucharlo.

-          Eres igual al engreído de tu padre. Odiaba su origen y renegaba del oficio de sus padres.

Me volteé de inmediato con la rabia como motor de mis pasos.

-          ¿Cómo te atreves a meterte con mi padre? – pregunté lleno de rabia hacia el anciano pero recio hombre – Si abandonó este lugar habrá tenido sus motivos.

Luego de una mirada llena de coraje, retomé mi camino hacia la casa. Tenía planes de tomar mis maletas y escaparme de un lugar al que había llegado por cosas del destino, y no por elección propia. Sin embargo, en cuanto entré a la casa golpeando todo, apartando las cosas de mi camino, el abuelo me tomó del brazo con tal fuerza que creo que brotó más sangre de mi mano.

-          Lo siento, muchacho. Discúlpame por haberte hablado así. Acabas de llegar y no quiero que creas que soy un viejo y loco campesino que lo único que sabe es matar gallinas y lanzar escupitajos.

-          ¿Qué te hace pensar que me quedaré?

-          El hecho de que estás obligado a estar aquí. Eres menor de edad y no puedes regirte a los instintos de tus jóvenes hormonas. Así que estoy seguro de que con el tiempo llegarás a lidiar con el temperamento y los defectos de este burdo veterano.

Accedí a quedarme porque no tenía un peso para volver, y porque también reconocía que me hubiese perdido en medio del monte y las mugrosas sanguijuelas que ya me había tocado conocer.

De cualquier forma, desayuné con el abuelo, claro está, sin cruzar mayor palabra, más que para pedirnos la salsa o una servilleta. Entre las casi nulas actividades existentes en esa casa, llegó la tarde, lo supe por el viejo reloj cucú que colgaba en la pared de la chimenea. Y fue allí que conocí el otro lado del anciano.

Junto a la chimenea se encontraba una biblioteca con finas puertas, de madera también, que escondían los libros de las polillas. En ella había varias decenas de libros, tantos, como para educar a una clase entera. El abuelo sacó un par de ellos y se sentó en el sofá más holgado de la sala. Yo estaba en el del frente, mirando como los abría y los cerraba como si pudiera leerlos al instante. Lo más probable es que trataba de decidirse entre alguno de ellos.

-          Estos libros viejos y empolvados son la mejor herencia que me dejó tu abuela. Y, de una forma muy compleja, creo que también me ató a ella con ellos. Me hizo leerlos, varias veces, y así sembró en mí la lectura. Algunos son tan viejos que incluso fueron leídos a tu padre en las noches de su infancia. Algunos fueron heredados a ella, y otros fueron regalados por amigos de la vida.

Escuché sus palabras con atención, más que nada por la franqueza que percibí en ellas. Me levanté y me acerqué a la biblioteca, quité un poco de polvo con los dedos de mi mano sana, pues la otra la tenía con una gasa envuelta. Mis curiosos ojos encontraron un cuadernillo grapado y enmendado, apolillado, como si en ocasiones hubiese sido olvidado. Pero lo que más me había cautivado de él, era que estaba escrito a mano, así que el autor de esas líneas vivía bajo el techo de esa casa de campo.

Tomé el cuaderno entre mis manos y una hoja se escapó del anillado. Mi abuelo se acercó en silencio y recogió la hoja del suelo.

-          Hace mucho que no veía ese cuaderno… Hace mucho que dejé de escribirlo…

-          ¿Tú lo escribes? – pregunté –

-          No desde que murió tu abuela hace tres años. Desde entonces lo tengo archivado entre los libros que leí junto a ella por las noches.

Miré a mi abuelo con admiración, pues me di cuenta de que me quedaba mucho por conocer de ese hombre. El abuelo se sentó de nuevo en el mueble y esta vez me senté más cerca de él. Se puso el cuaderno en el regazo y pasó las páginas con cuidado, estaban marchitas como las rosas descuidadas, pero guardaban un significado íntimo y afectivo para el anciano que las leía con anhelo.

-          ¿Desde cuándo lo escribes?

-          Desde hace mucho – me respondió – Décadas, diría yo. Es como una historia que escribo con el tiempo. No es el primer texto que escribo; debe haber una caja llena de hojas con mis cuentos en el desván. Los escribí cuando tu abuela estaba viva, ella era mi única lectora, la única que conocía lo que escribía, y la única que me llamaba cuentista – explicó con una voz casi sollozante – Creo que seguiré escribiéndolo, quizás al escribirla pueda recordarla con detalle y dejar guardado entre las líneas un recuerdo permanente del amor que tuve por tu abuela.

No sabía qué decir, había presenciado una escena que tal vez el abuelo no quería proyectar hacia otros, sino sólo para sí mismo. Había soltado sus palabras como una confesión personal y necesaria que había estado esperando el turno de flotar en el aire.

-          Sigue escribiéndolo, abuelo, porque me gustaría poder ser yo ahora un lector de tu cuaderno.

El abuelo levantó sus ojos hacia mí y se aclaró la voz un poco. Era la primera vez que le decía abuelo, y que establecíamos una corta pero inalterable conexión personal. Tal vez se debía a que se habían desnudado sentimientos reprimidos.

Esa noche, el abuelo preparó chocolate y una tarta de maíz. Cenamos juntos en la cocina, y los inciensos que me había hecho colocar en la casa, ahuyentaron a los inquietos zancudos nocturnos. Cuando terminamos, el abuelo se sentó cerca de la chimenea y empezó a escribir en el cuaderno. Llevaba sus lentes puestos y su mirada apuntaba a la hermosa caligrafía con la que trataba de escribir. Me inquietaba el contenido de ese cuaderno, y los cuentos que supuestamente permanecían en un cartón viejo del desván.

Los días siguientes transcurrieron entre el sol del campo, la pestilencia de los animales, las jornadas de trabajo, la deliciosa comida del abuelo, ratos alegres, y oportunidades de charlar. Nos conocimos más el uno al otro, y así el abuelo me fue contando anécdotas de años felices bajo la sencillez y armonía del campo, donde había vivido durante sus seis décadas.

En una noche de desvelo, me atreví a colarme en el desván. El lugar estaba lleno de adornos viejos, vajillas, muebles, cuadros, y entre todos los cacharros se escondía la caja, llena de hojas amarillas, como prueba del tiempo solitario. Leí los cuentos del abuelo, los leí uno a uno, lento y atento, conocí los personajes que habían marcado su vida, porque indudablemente eran todos autobiográficos. También, entendí que había amado a su único hijo, y a la nuera que este le había presentado cuando estaba embarazada.

No cabía duda de que el abuelo había conseguido atraparme, el texto me acorraló y no me soltó hasta que digiriera hasta la última letra. No jugué a saltarme reglones, ni párrafos enteros, lo leí todo y con aprecio. Entendí porque mi abuela había decidido llamarlo El cuentista, y reconocí que para mí el abuelo también llevaría ese referente, pues cocía sus historias con el hilo de un espíritu rebelde.

Con el abuelo conseguimos soportarnos los defectos y lidiar con nuestros genios. Creo que nos unía un poco el coraje y el orgullo, que a lo mejor venía en los genes. Creo que el abuelo tenía un concepto para el libro que había empezado a escribir años atrás, y que desde mi llegada había retomado para terminar. El cuaderno significaba un recorrido por su vida.

Acepté que mi estadía sería prolongada, así que terminé la secundaria en un colegio que estaba a un par de kilómetros de distancia, y me crié en la granja por el resto de mi adolescencia. Lo suficiente, para presenciar la noche en que el abuelo me informó que había terminado el libro y que deseaba que fuese quien recorriera sus páginas con inquietud e intensidad. Y así lo hice, y porque llegué a conocer al abuelo a través de la historia de su vida, y presenciar la maravillosa persona que fue, lloré su partida junto a todo el pueblo.

Han pasado varios años ya desde que el abuelo falleció y me dejó el manuscrito de su libro. Siento, tras los días vividos junto a él, que soy también un pedazo de memoria, y que represento una hoja más en el árbol de su vida. Las mejores herencias que pudo dejarme el abuelo, fueron dos: la experiencia de haberlo conocido de verdad, y el cuaderno que más que una historia, es un inventario de vida, con enmendaduras y aciertos.

Jorge Vargas Chavarría

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Entrevista en programa radial español “De lectura obligada”

4 Apr

En días pasados, se contactó conmigo vía Twitter el programa radial “De lectura obligada” de Radio Jove Elx, para una entrevista. Conversé con Alberto Berenguer vía Skype, entre otras cosas, sobre la literatura en el Ecuador, las razones por las que escribo, “La espada de Sorton”, mis cuentos, mi blog, etc.

Sigue este link para escuchar la entrevista:

http://www.ivoox.com/de-lectura-obligada-04-04-2012-entrevista-maria-jesus-juan-audios-mp3_rf_1149163_1.html

(Mi entrevista empieza en el minuto 28:00)

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Foro de jóvenes escritores ecuatorianos

20 Mar

Queremos tener una oportunidad para integrarnos y demostrar que hay jóvenes talentosos inmersos en la literatura ecuatoriana, así que el miércoles 25 de abril a las 18h00 se llevará a cabo el foro de jóvenes escritores que organizo junto a Andrea Morán Kontong y Michel Terranova. El evento tendrá lugar en la librería Libri Mundi del centro comercial San Marino.  Están todos invitados, lectores y escritores. ¡Ven y acompáñanos en esta noche llena de letras! 

Para más información, escríbeme: jorgevargasch@gmail.com

O contáctame a través de Facebook y Twitter.

 

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La dama soledad

11 Mar

- ¿Quién es la dama en el espejo? ¿Quién es esa mujer que me mira fijamente sin siquiera parpadear? – se preguntó la doncella – ¿Por qué sostiene su mirada en mis pupilas? ¿Por qué no logro esquivar sus ojos?

La doncella se había confinado en la oscuridad de una cueva, donde los primeros atisbos de luz de la aurora la despertaban por las mañanas. Se escondía allí durante casi todo el día, abnegada por su maldición.

Cuando se había atrevido a poner un pie fuera de la cueva, se había encontrado  con un mundo extraño, hostil, sombrío, diferente al que creía haber conocido.

Las plantas de sus pies rozaron la tierra, le fluyó más rápido la sangre, se le erizó la piel, y dio respiros con dificultad. Cada vez que se dejaba tocar por la luz del sol, las sensaciones eran las mismas.

Un varón se acercaba caminando a largas zancadas, venía hacia ella. La dama clavó sus ojos en él y se llenó de ilusiones, pensó en la posibilidad de ser rescatada de aquella infame fortuna.

Se enredó los dedos entre sí, se arregló el cabello y se puso erguida. El hombre estaba más cerca cuando pudo verla a los ojos, se acercó abrumado por la belleza de la dama. Era hermosa, era tan exquisita su belleza que el deseo de tocarla era incontenible, y en cuanto estuvo frente a ella le puso un dedo encima, sentenció así su perdición: su vulnerable figura mortal se esparció sobre el suelo convertida en cenizas.

La dama vio morir a su pretendiente, y vio sus cenizas ensuciarle los pies. Era un hombre más que no había sobrevivido a los destellos de su peligrosa belleza, su maldición después de todo.

La mujer regresó a la cueva afligida. Se postró frente al espejo y se mantuvo inmóvil.

- ¿Por qué todos mueren si soy tan bella? Dímelo, mujer, tú que eres mi única compañía en este lugar.

Hizo una pausa para esperar una respuesta, algo que su parte más cuerda sabía que no llegaría.

- Ya no recuerdo el afecto de un mortal, ni el calor de un abrazo. ¿Estoy acaso condenada a perecer en soledad?

- Tu belleza es tu perdición, y es el pecado de los hombres, que al tocarte, condenan sus destinos. Tranquila, doncella, yo te acompañaré hasta el último de tus días. Después de todo, soy tu reflejo.

Jorge Vargas Chavarría

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Convocatoria a jóvenes escritores ecuatorianos

7 Mar

¿Eres joven? ¿Te gusta escribir? Entonces probablemente estés interesado en unírtenos. Queremos contar con los datos y materiales (libros, blogs, etc.) de todos aquellos jóvenes escritores que están empezando en la literatura y que esperan una oportunidad para dar a conocer su trabajo.

Mi nombre es Jorge Vargas Chavarría, y junto a la también joven escritora, Andrea Morán Kontong y el significativo e importante aporte de Michel Terranova, estamos en planes de organizar un foro de jóvenes escritores en el que podremos intervenir con opiniones, inquietudes, y aportes para con la literatura ecuatoriana de hoy en día.

Nos gustaría poder integrar a todos esos nóveles escritores ecuatorianos, pero el evento está planeado para tener lugar en la ciudad de Guayaquil, así que por ahora la convocatoria es para quienes residan en esta ciudad, o puedan venir a ella.

Si estás interesado (a) en participar en el evento (aún sin fecha), por favor comunícate con nosotros:

jorgevargasch@gmail.com

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Y así fue la tertulia…

1 Mar

Anoche se llevó acabo la tertulia literaria “De narrativa y otros cuentos” en la que participé junto a Andrea Morán Kontong y que fue conducida por Michel Terranova. Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que nos acompañaron en el evento, porque no solo se hicieron presentes, sino que también nos regalaron hermosos mensajes y preguntas muy creativas, las cuales hicieron de la tertulia un evento aún mejor.

Andrea leyó dos de sus poemas (sin título), y yo leí el cuento incluido en este blog “El cuaderno de un nómada“. Entre otras cosas, conversamos sobre nuestros procesos creativos, la manera en que nos inspiramos y las razones por las que escribimos.

Esperamos poder desarrollar otro evento como este próximamente. Aquí una foto:

Si quieres ver más fotos de la tertulia, sigue este enlace:

[http://www.facebook.com/media/set/?set=a.308348205892231.72671.176939835699736&type=1]

La transmisión que hicimos vía Livestream quedó guardada aquí. (No está en muy buena calidad, pero el audio está muy bien:

[http://www.livestream.com/jorgevargasch/video?clipId=pla_592206a4-4ebe-4011-8b7d-e0049789d7d5&utm_source=lslibrary&utm_medium=ui-thumb]

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